domingo, 27 de diciembre de 2015

Diario de un embaucador (Parte V)

Las semanas avanzaban sin ningún evento que resaltar. Las vacaciones acababan de empezar, pero ya me sentía ahogado entre tanto tiempo libre. Prefería la aburrida rutina de la universidad. Me divertía encontrar diferentes maneras de romperla y alterarla. Me sentía más en control: yo dominaba lo que hacía en mi tiempo, no la rutina.

En cambio la monotonía de los días libres se hacía insoportable. No había nada que cambiar, nada que controlar, porque no había nada que hacer. La ciudad misma se sentía como un pueblo fantasma a pesar de que los adultos continuaban trabajando, yendo y viniendo como si nada hubiese cambiado.

Muchos jóvenes de mi edad también tomaban trabajos de medio tiempo, probablemente para seguir pagándose la universidad. Yo no necesitaba nada de eso. Mis padres estaban divorciados, lo que significaba que ambos intentaban ganarse mi favor a toda costa, lo que significaba dinero y antojos por doquier. Y aunque no fuera así, habría encontrado alguna otra manera de manipularlos. Yo no era uno para recibir órdenes de algún idiota cuya única preocupación en la vida era que las botellas quedaran a la misma distancia unas de otras en los estantes de un supermercado.

Mi padre era presidente de una enorme empresa manufacturera y, al igual que yo, era hijo único. Lo que quería decir que había recibido la empresa de mi abuelo como herencia. Eventualmente yo la recibiría también. En realidad no necesitaba preocuparme de nada. Mi madre dirigía el hospital más grande de la ciudad, pasaba más horas trabajando que en casa. Se preocupaba, a veces, de que no tenía suficiente contacto conmigo, pero lo compensaba con jugosos depósitos. No podría decir que me molestara.

Y, sin embargo, teniéndolo absolutamente todo, me aburría en mi departamento. Internet no tenía nada que ofrecer y no habría práctica hasta el sábado. Teníamos entrenamiento lunes, miércoles y sábados. Eran el único momento mínimamente entretenido de la semana. Me traía a David al departamento en dos de cada tres ocasiones. Era un forma más que aceptable de matar el aburrimiento.

Me gustaba pasar tiempo con él, aunque aún no estuviera seguro de qué era exactamente lo que me atraía de él. Tenía un cuerpo muy apetecible, pero si era sincero conmigo mismo, había tenido mejores. Tenía un aguante excelente para el sexo (ese mismo lunes habíamos llegado hasta una tercera ronda), pero una vez más, nadie se comparaba a Franco. Tenía un gemido endiabladamente sexy, pero solo porque sonara bien cuando lo bombeaba, no significaría una gran diferencia.

También estaba la forma en que mi nombre sonaba en su boca cuando me rogaba que lo penetrara, "¡Alex!". La forma en que me miraba cuando terminábamos y me tendía a su lado, rendido. Lo sumiso que era ante cada una de mis demandas. Lo jodidamente tierno que se veía cuando bajaba la mirada ante la mía. La urgente necesidad de marcarlo, hacerlo mío cada vez que alguna de esas cosas se hacía presente.

No habían aparecido nuevas marcas, pero solo habían pasado un par de semanas. Aún no significaba nada, aún no podía estar seguro de que fuese completamente mío. No había logrado que pasara la noche en el departamento. Al caer la noche, se apresuraba a vestirse y salía corriendo como si el encanto del hada madrina fuera a apagarse en cualquier momento.

Y luego estaba Franco... Se había estado comportando extraño últimamente. Evitaba quedarse a solas conmigo, me esquivaba la mirada y las veces que había intentado que quedáramos, se había inventado alguna excusa patética. Por un momento me pregunté si quizás sabía sobre David, pero había tenido más que suficientes ocasiones para decírmelo.

Terminé atribuyéndoselo al hecho de que había estado pasando demasiado tiempo con el idiota de Nico esa semana. Después de todo estaba viviendo en su casa por el momento. El hermano imbécil de David seguramente le llenaba la cabeza con cuentos sobre mí. El muy inútil jamás había conseguido ninguna prueba de mis... costumbres.

Al final me encogí de hombros y le resté importancia. Si Franco en realidad supiera algo de lo que yo hacía, no estaría llamándolo mi novio en ese momento. Cualquier persona en su sano juicio me mandaría a la mierda.

Tres golpes suaves en la puerta descarrilaron mi tren de pensamiento. "Hablando de Roma..." Solo llevaba puestos unos jeans, no tenía camiseta y estaba descalzo. Me dirigí a la puerta sin amagar con ponerme nada encima. Solo Franco y Gonza subían hasta mi departamento para golpear la puerta, el resto del mundo tocaba timbre y esperaba abajo al intercomunicador.

De modo que grande fue mi sorpresa cuando abrí para encontrarme con David. Un bolso le colgaba al hombro, Llevaba una camiseta de los Fall Out Boy, su banda favorita (no podía creer que supiera eso) y unas bermudas. Tenía un ojo morado y se le notaba hinchado.

"Oye," dije inmediatamente indicándole que entrara. "¿Qué sucedió? ¿Estás bien?"

"Estoy bien, no te preocupes," entró y esperó a que cerrara la puerta. "¿Puedo quedarme contigo esta noche?"

"Por supuesto," respondí enseguida. Mi polla dio un salto pero la ignoré. "¿Quién fue el capullo que te hizo eso?"

"No es nada de qué preocuparse, solo necesito un poco de hielo." Saqué unos cuantos cubos de la refrigeradora, los envolví en un paño y se lo entregué. "¿Te molesta si cierro las cortinas?"

No esperó a que respondiera, se dirigió al balcón, cerró las puertas corredizas y las cortinas oscuras de un tirón. Pero antes de que lo hiciera logré identificar un auto gris estacionado frente al edificio. No necesitaba ver al conductor para saber de quién se trataba.

"¿Tu hermano te hizo eso?" Sentía la rabia y la confusión inundarme a partes iguales. Estaba furioso porque ese idiota le hubiera puesto las manos encima a mi propiedad; pero estar tan enojado me confundía. ¿Desde cuándo me preocupaba por alguien que no fuera yo mismo? David tenía todo un abanico de efectos desconocidos sobre mí.

"¡No! No, yo solo, me peleé con un vecino, es todo."

"Eres muy malo para mentir, ¿sabes?" dije mientras buscaba una camiseta entre el enorme desorden que era la sala.

"¿Qué haces?" Preguntó David haciendo una mueca de dolor al apoyarse el hielo sobre el ojo. "Alex, ¿qué estás haciendo?"

"¿No es evidente?" Respondí como si lo fuera. "Voy a partirle la cara a ese cabrón."

"¡No!" El pánico tiñó su voz y la rabia volvió a latir en mi pecho. "Alex, por favor no hagas nada, te lo ruego. No salgas."

"¿Por qué no? Y a todo esto, ¿dónde estaba Franco cuando el imbécil te hizo ésto?"

"Franco no tiene nada que ver. Alex, por favor, si me quieres, no salgas," me detuve.

"¿Qué dijiste?" Pregunté en voz baja.

"Alex, si me quieres, por favor no vayas a por él. Eso es lo que él espera."

David estaba sentado en el sofá, me miraba con sus intensos ojos negros. De repente me sentí fuera de lugar. Me dejé caer a su lado y él suspiró de alivio. Tenía el ojo derecho, el sano, hinchado y enrojecido como su hubiese estado llorando. Sentí la urgente necesidad de besarlo.

Me incliné sobre su rostro entrecerrando los ojos. coloqué una mano sobre su pierna, buscando apoyo. Mis labios no tardaron en unirse a los suyos. Su aliento era suave, siempre lo era. Atrapé su labio inferior entre los míos, mi lengua humedeciéndolo lentamente, con delicadeza. David tardó unos segundos en responder. Su mano libre se apoyaba en mi pecho desnudo mientras movía sus labios para seguir los míos.

Fue un beso lento, suave, tardó varios minutos y se sintió como poco. Finalmente David sintió como se aceleraban mis latidos en anticipación y empujó mi pecho para separarnos.

"Hoy no," dijo mirándome a los ojos. "Por favor."

Me separé de él sin apartar mi verde mirada de la suya.

"Lo siento," me sorprendí a mi mismo diciendo. "Todo esto es nuevo para mí. Hace ya muchos años desde que dejé de... sentir cosas."

"¿Sucedió algo?" Preguntó con una curiosidad que parecía sincera. Pero rápidamente cambió de opinión al ver mi expresión. "Perdón, no tienes que decirme, solo preguntaba."

"No te preocupes," respondí. "Si, sucedió algo. Y desde que ese algo sucedió no he vuelto a preocuparme por nadie más, ni a sentir nada por nadie más. No son más que tonterías de adolescentes."

Podía notar que David intentaba no reflejar nada en su rostro, pero mi comentario le había dolido. Automáticamente sentí la urgente necesidad de disculparme. Esta vez la ignoré. No podía dejarme dominar por toda esta nueva parafernalia de emociones, tenía que comenzar a controlarme. Aún así dije:

"Pero últimamente alguien me ha estado dando vueltas, derrumbando la actitud que tanto me costó construir. No suelo decir 'lo siento', ni suelo respetar los deseos de los demás, solo los míos. Hasta ahora, solo Franco había logrado pasar de una noche conmigo, y solo porque tiene ciertos... atributos excepcionales." En ese punto, David desvió su mirada de la mía.

"Tú eres diferente", dije tomándole de la barbilla y devolviendo sus ojos negros a los míos. "Me estás cambiando. Pensé que había logrado bloquear esa parte de mí, pero me equivocaba."

Y era cierto, en las últimas semanas mi mundo se había revolucionado. Había empezado a preocuparme por otra persona, pensaba en él más seguido de lo que me gustaría admitir, me había inundado la rabia al ver que alguien le había hecho daño. Pero sabía muy bien que aquello era una espada de doble filo. El tiempo había pasado, pero la herida que me había hecho cambiar en primer lugar, no.

Aquella fue la primera noche en años en que me acosté con otro hombre sin haber tenido ningún tipo de contacto sexual previamente. Nos desvestimos, nos acostamos y el se durmió rápidamente apoyado en mi brazo. Yo no tuve tanta suerte. Pasé largas horas pensando...


La mañana siguiente me desperté con una extraña y húmeda sensación. Tenía la polla completamente parada. Estiré una mano para alcanzarla, quizás pudiera liberar un poco de tensión antes de comenzar el día. Pero en lugar de mi paquete, toqué algo más. Un rostro con grandes ojos negros, una mirada hambrienta y una lengua inquieta.

Solté una carcajada.

"Buenos días a ti también," dije con una sonrisa.

"Buenos días," respondió David devolviendo la sonrisa antes de zamparse mi polla hasta la garganta y hacerme arquear la espalda de placer. Su ojo se había deshinchado, pero tenía un tono morado más oscuro.

Cerré los ojos y me dediqué a disfrutar mientras llevaba mis manos detrás de mi cabeza para no tentarme a dirigirlo tomándolo de su cabello. Sabía que trabajaba mejor solo.

David se divertía jugando con mis huevos también. Los manoseaba y de vez en cuando se los llevaba también a la boca; primero uno, luego el otro y luego los dos. Me llevaba al borde de la locura y se detenía solo para volver a empezar.

"¿Estás despierto?" Lo oí decir luego de un rato.

"¿Cómo podría dormir con semejante atención?" Respondí divertido.

"Quiero más", dijo con una sonrisa pícara.

"¿Más?"

Asintió y se puso en movimiento. Pasó una pierna por encima mío y colocó su entrada justo frente a mi rostro mientras volvía a dedicarle sus húmedos cuidados a mi polla. Sonreí y me puse manos a la obra inmediatamente.

Abrí sus duras nalgas, no sin antes darle un mordisco a cada una, y comencé a lamer su entrada con entusiasmo. Un gemido intentó escapar de su boca pero quedó atrapado, haciendo vibrar mi polla y mi cuerpo con placer. Lamía su agujero una y otra vez, no había mejor desayuno que ese. Y mientras lo hacía, guiaba una mano hasta su polla para otorgarle placer también.

Pude sentir su cuerpo temblar al instante. Lentamente deslicé un dedo dentro suyo mientras sus gemidos vibraban en mi propio miembro y me volvían loco. Una vez logré meterlo, comencé un movimiento de mete-saca, David hamacaba su cuerpo de atrás hacia adelante para seguir mi ritmo mientras continuaba lamiendo mi polla y gimiendo sobre ella como si su vida dependiera de ello.

No tardé en introducir un segundo dedo y luego un tercero. Pero las sensaciones parecieron ser demasiado para David, sus quejidos, junto a sus manos jugando con mis testículos y su lengua enroscándose en mi polla terminaron por arrojarme a la locura.

Sin previa advertencia, me derramé en su boca. David no pareció inmutarse, se limitó a tragar hasta la última gota y limpiarme la polla con un par de lamidas más mientras continuaba moviéndose al ritmo de mis dedos.

"Parece que habrá un cambio de planes," dije con tono juguetón mientras retiraba mis dedos de su entrada y él me dedicaba una mirada interrogante.

Le indiqué que se diera la vuelta y me obedeció inmediatamente, por supuesto. Se retiró de encima mío mientras yo tomaba una almohada y la colocaba bajo mi abdomen, dejando mi propia entrada al descubierto.

"Es tu turno," le dije con una sonrisa mientras su rostro se iluminaba.

"¿Es en serio?" Era su primera vez como activo, al menos conmigo. No que tuviese algún problema con ello, simplemente no se había dado antes. Yo disfrutaba ambos roles de igual manera, aunque sintiera una leve inclinación por la pasividad.

David no tardó en acomodarse para su nuevo rol. Rápidamente se dedicó a repetir el mismo proceso que yo había practicado en él durante el delicioso 69. Yo no necesitaba tanto trabajo como él, al cabo de unos minutos ya estaba listo. Él estaba ansioso por comenzar, ya tenía la punta de su polla en mi entrada cuando lo detuve.

"Espera, vamos a hacer que disfrutes de tu primera vez," dije con una sonrisa maliciosa mientras me acercaba a su rostro y devoraba su boca.

Mi lengua dominaba la suya con facilidad, él se dejaba llevar mientras lo acostaba de espaldas en la cama, mi cuerpo encima del suyo. Su polla estaba húmeda, el glande brillaba con precum. Mientras lo besaba, busqué el lubricante sobre la mesa de noche a tientas con una mano. En cuanto lo encontré comencé a descender por su cuerpo, besando su mejilla, el borde de su mandíbula y bajando al cuello.

Me demoré un poco más allí, dejando marca de mi paso antes de continuar el descenso. Lamía su pecho y dejaba un rastro húmedo con mi lengua mientras lo oía suspirar con una mezcla de placer y frustración. Continué bajando por su abdomen, besando sus músculos y deleitándome con el sabor de su sudor. Llegué a su polla y le di una lamida desde la base hasta la punta, muy lentamente, cerrando los ojos y disfrutando de su sabor.

Finalmente abrí la botella de lubricante, derramé un poco sobre mi mano y masajeé su polla lentamente, con paciencia, haciendo que David delirara con deseo.

"Alex, por favor," mi nombre en su boca era demasiado tentador para resistirme.

Abrí mis piernas para colocarme encima de su miembro, lo tomé con una mano, ubicándolo justo en mi entrada. Una perfecta O se formó en su boca mientras colocaba sus manos en mis caderas y yo hundía lentamente su polla dentro de mí. Mi vieja sonrisa soberbia volvía a mi rostro mientras lo observaba abrir aquellos ojos negros llenos de excitación.

Su polla me llenaba lentamente, podía sentirla abriéndose paso dentro de mí mientras me dejaba caer encima de ella. Cuando finalmente estuvo completamente dentro mío, me tomé unos segundos para acostumbrarme a su presencia. David estaba ansioso, desde mi posición podía ver su pecho subir y bajar rápidamente mientras el sudor lo perlaba.

Cuando me hube sentido a gusto suficiente, me impulsé con las rodillas para volver a subir antes de dejarme caer una vez más. Repetí el proceso unas cuantas veces mientras mis gemidos y los de David se unían a coro. Finalmente encontré el ángulo correcto para golpear aquel punto sensible dentro mío y aceleré el ritmo. Una y otra vez me estimulaba y una y otra vez cerraba los ojos, me mordía el labio y arqueaba la espalda, sobrecogido de placer.

David continuaba con sus manos en mis caderas, cada vez que descendía, presionaba con fuerza, como intentando resistir el impulso de llenarme de leche en aquel preciso instante. De vez en cuando subía sus manos y recorría mi cuerpo con ellas, me pellizcaba los pezones y recorría mis abdominales, pero siempre terminaba bajando a mis caderas y mis muslos.

"¡Alex!" Dijo entre un gemido y otro. Abrí los ojos para verlo devorándome el cuerpo con los ojos.

Solía usar aquella posición bastante con otros chicos, me daba un lugar de poder y a la vez les regalaba una vista de mi cuerpo con la que podrían pajearse por mucho tiempo. La única desventaja era que solían utilizar esa vista para correrse demasiado rápido, antes de que la diversión siquiera comenzara. David estaba haciendo esfuerzos monumentales para no venirse, así que decidí recompensarlo.

Me incliné sobre él, con cuidado de que su polla siguiera dentro mío, entrando y saliendo mientras le sonreía y me acercaba a su cuello. Me dirigí hacia su oído y me dediqué a mordisquearlo mientras sus manos se aferraban a mi espalda y sus bombeos se aceleraban. Sabía que aquel era su punto débil. Mordisqueaba su lóbulo mientras le susurraba al oído:

"¿Te gusta? Sé que disfrutas estando dentro mío, pero sigo siendo tu dueño, ¿recuerdas?" Lamí la zona detrás de su oído para reafirmar lo que decía y podría jurar que estuvo a punto de correrse.

"Alex, por favor," su voz estaba al borde del quiebre.

"Por favor, ¿qué?" Ronroneé mientras volvía a mordisquearlo el lóbulo.

"Me corro, ¡me corro!" Acto seguido, su semilla se derramó dentro mío acompañado de un rugido de placer y sus uñas me arañándome la espalda.

Sentir su leche dentro mío y ver su cuerpo bañado en sudor con su sonrisa exhausta pero satisfecha, me puso la polla dura a reventar una vez más.

Sin esperar más. me moví deslizando su miembro fuera de mí. Su leche caía por mis muslos mientras me colocaba sobre su pecho. David era insaciable, aún después de todo aquello se mostraba hambriento por más polla. Tuve que tomarlo del cabello y sostenerlo contra la almohada mientras colocaba mi miembro en su rostro y me pajeaba con rapidez. Solté una carcajada cuando abrió su boca y sacó la lengua, dispuesto a recibir otra dosis. Pero yo tenía otros planes.

Con un último gemido me vine sobre su rostro. Derramé mi leche en su frente, sus mejillas y terminé en su lengua. Evité su ojo lastimado metódicamente. David sonreía y me dedicaba una mirada brillante. Un sentimiento cálido y desconocido se apoderó de mi pecho y me abalancé sobre él, lamí los restos de mi leche de su rostro y los compartí con él en un apasionado beso. Él enredó sus manos en mi cabello y rodamos en la cama, riendo como adolescentes y compartiendo su sabor y el mío.

"Me gustas mucho, ¿sabes?" Dijo una vez nos hubimos duchado y mientras él se dedicaba a secar mi cuerpo. Mi respuesta se quedó atorada en mi garganta. "Ya te he demostrado que soy solo tuyo, quisiera que hicieras lo mismo."

"¿Qué estás intentando decir?"

"Quiero que termines con Franco." Dijo sin más. Solo me tomó un momento considerar la respuesta.

"Está bien."

"¿Es en serio?" Su voz reflejaba sorpresa, lo que a su vez me sorprendió a mi.

"Si, claro. Solo estoy con él porque es bueno en la cama y me provoca morbo hacerlo con otros. No necesito eso contigo." Dije con mi sonrisa más galante.

El timbre sonó en el preciso momento en que David se abalanzaba sobre mí. Fue un alivio. Me tomaría un tiempo acostumbrarme a las muestras de cariño. Los besos estaban bien, los besos llevaban a otras cosas. Los abrazos eran otro cuento. Y las expresiones verbales me ponían extremadamente incómodo. Franco había aprendido todo eso en poco tiempo. Ahora tendría que enseñarle lo mismo a David.

Me desprendí de él y me envolví en una toalla antes de ir al intercomunicador.

"¿Si?" Dije mientras David salia del baño, envuelto en una toalla igual que yo. No se había secado aún y su cuerpo se veía extremadamente sexy con el agua goteando. Le hice señas para que se acercara y obedeció enseguida. Desaté su toalla y comencé a masturbarlo mientras esperaba que la persona del otro lado de la línea contestara.

"Soy yo. Quiero a mi hermano de vuelta en este instante. Quita tus asquerosas manos de él, maldito cabrón, o juro que las pagarás." Era Nico.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Diario de un embaucador: Franco

Abandoné su departamento sintiendo un enorme nudo en el estómago. Nico me esperaba en su auto. No sentía demasiadas ganas de escuchar lo que seguramente tendría para decir. La cabeza me daba vueltas, sentía como si fuera a desplomarme en cualquier momento.

"¿Listo?" preguntó en cuanto estuve dentro del vehículo. Conocía a Nico desde hacía años. Nunca lo había visto tan furioso.

Asentí brevemente, preguntándome si me veía tan mal como me sentía. Anduvimos un buen rato sin que ninguno de los dos dijera una palabra. Nico irradiaba odio, mientras yo me sentía demasiado débil como para irradiar lo que fuera.

Luego de una media hora, entramos en la zona baja de la ciudad. Pequeños grupos se apiñaban en cada esquina (no era difícil adivinar qué es lo que hacían) y se giraban para mirarnos con recelo. Nico no parecía notarlo. Siguió conduciendo a través de casas ruinosas y miradas amenazantes hasta llegar a destino.

Finalmente se detuvo frente a un lugar que, a todas luces, parecía abandonado. El pastizal había crecido tanto que casi tapaba por completo la carcasa oxidada de un auto abandonado. Todas las ventanas estaban rotas, había basura encima del techo y en el porche.

"Es aquí," afirmó Nico con seguridad. "¿Vienes?"

"Nico..." dije despacio. "No estoy tan seguro de esto."

"¿Estás bromeando, Fran? ¿Después de todo lo que te ha hecho?" me miraba penetrante con sus profundos ojos negros. Su tono era cortante.

"Si, pero las cosas han cambiado," dije sin demasiada convicción.

"Lo único que ha cambiado, es que ese hijo de puta ahora mismo está poniéndole las manos encima a mi hermano..." azotó el volante y se pasó la mano por el cabello castaño, echándoselo hacia atrás. Una de los tantos gestos que compartía con David. "Y está poniéndote los cuernos, que eso si no es nuevo."

Ese domingo se cumplían dos semanas desde que lo sabía.

Alex y yo solíamos ir a gimnasios separados, más por comodidad que otra cosa. Él tenía uno cerca de su departamento y yo tenía otro cerca de mi casa. Pero ese domingo había decidido acompañarlo. Tenía muchas ganas de ver su cuerpo en acción en un lugar que no fuera la cama; en un ambiente controlado donde no pudiera echármele encima a la primera que se sacara la camiseta... pero definitivamente a la segunda.

Él no había estado muy convencido de la idea de ir juntos al principio, pero finalmente cedió. Estuvimos un par de horas allí. Él utilizaba varios aparatos mientras yo me dedicaba a correr en la cinta más apartada que pude encontrar para deleitarme viendo sus músculos trabajar y al mismo ocultar lo que aquello producía en mi paquete.

Pude notar unas cuantas miradas furtivas hacia mi novio, pero nunca vi a Alex dirigir sus ojos a otro que no fuera yo mismo. Me sonreía con su soberbia característica, queriendo hacer creer al mundo que nada le importaba más que él mismo. Yo sabía que no era así. Sus sonrisas significaban algo más para mí; su arrogancia no podía ocultarme la verdad.

En más de una ocasión había intentado convencerlo de que se abriera para mí, que me mostrara cuál era esa verdad, ese secreto que tanto le pesaba. Alex siempre se negaba.

Cuando se dirigió a las colchonetas para hacer lagartijas, llegué a mi límite. Los músculos de sus brazos se tensaban y se marcaban con prominencia cada vez que subía y bajaba. Su trasero se veía espectacular. Era demasiado, no podía seguir ocultando mi calentura. Su cabello castaño le cubría los potentes ojos verdes, pero yo sabía que me vigilaba, su sonrisa lo delataba.

Me dirigí rápidamente a las casillas, haciendo lo posible por ocultar el efecto que él tenía en mí. Esperé impaciente mientras me dirigía a las duchas y me quitaba la ropa. Alex apareció a los pocos minutos e hizo lo mismo. 

Había dos duchas ocupadas, pero fuera de eso, el lugar estaba desierto. Nos escabullimos a la que estuviera más apartada, abrimos la llave del agua y nos pusimos manos a la obra. Mi miembro despertó completamente en cuanto mis ojos se posaron en su cuerpo mojado. Alex se apoyaba contra una pared y me miraba con picardía mientras se mordía el labio y dejaba que el agua besara sus músculos. No tardé en unirme. 

Me puse de rodillas, tomé el jabón y comencé a adorar a mi dios griego personal. El jabón pasaba por sus abdominales, sus pectorales, sus brazos; una mano lo seguía y luego mi boca. Tenía una barba de un par de días. Sabía que sentirla sobre su cuerpo lo pondría a mil. Su paquete había despertado y chocaba contra mi pecho mientras yo me dedicaba a explorar cada rincón de aquel monumento. Le excitaba que alimentara su ego, que siguiera su juego.

Tomé su miembro con una mano y me dediqué a realizar lentos movimiento de sube y baja mientras dedicaba mis besos y caricias a sus muslos. Logré arrancar un gemido de su boca y una sonrisa a la mía.

Cuando me sentí satisfecho con la exquisita parte frontal de su cuerpo, le indiqué que se diera la vuelta. Obediente lo hizo y me ofreció sus firmes nalgas como nueva fuente de adoración. Besé cada una como el tesoro que eran y las pulí con jabón para prepararlas para lo que venía. Una vez estuvieron relucientes, me dediqué a pasar lengua por ellas y no pude evitar dar una pequeña mordida también. Eso arrancó una risotada de Alex y provocó que mi polla saltara.

Finalmente solté su miembro y me dediqué a la parte que más deseaba. Abrí sus nalgas para exponer su entrada mientras él se inclinaba levemente también para permitir que me diera un festín. Lancé un par de lamidas a su agujero antes de comenzar a devorarlo. Pasaba la lengua por los bordes con rápidez, el agua también ayudaba a dilatarlo. En cuestión de minutos me encontraba con dos dedos dentro suyo, golpeando su punto de placer de memoria y arrancando música de su boca.

Con tres dedos decidí que ya estaba listo. Me puse de pie y enjaboné mi propio miembro. Moría de ganas de estar dentro de él, pero decidí jugar solo un poco más. Coloqué mi polla entre sus nalgas, mi pecho contra su espalda y mi boca en su cuello. Comencé un movimiento de subida y bajada, haciendo que su propio culo me masturbara. Ahogaba mis gemidos contra su cuello mientras Alex cerraba los ojos y se restregaba contra mí descaradamente. Sabía muy bien que estaba muriendo por que lo penetrara, pero él jamás rogaba.

Aquel día tampoco iba a hacerlo y yo estaba a punto de correrme. Me di por vencido y apoyé la cabeza de mi miembro en su entrada. Tomé su polla con una mano y apoyé la otra en su pecho mientras empujaba. Entré lentamente, sintiendo la presión alrededor de mi polla volverme loco. Sabía que tenía que ir despacio por él, pero también lo hacía por mi mismo. Si hubiese acelerado aunque sea un poco, me habría corrido allí mismo.

Luego de lo que pareció demasiado tiempo, me encontré completamente dentro suyo. Ambos respirábamos agitados a pesar de que acabábamos de comenzar. Esperé a que se acostumbrara, cuando me dio la señal, comencé a retirarme, el corazón me latía más rápido con anticipación. Cuando hube retrocedido lo suficiente, comencé a hundirme en él una vez más. Una de las duchas se había apagado hacía ya unos minutos, pero la otra seguí encendida, de modo que aquello se había convertido en una situación de tortuoso placer. Ninguno de los dos podía emitir sonidos demasiado fuertes o nos descubrirían.

De modo que mientras me introducía en su entrada por segunda vez, cubrí su boca con una mano mientras la otra aún se encargaba de propocionarle placer con movimientos lentos alrededor de su polla. Yo podía controlarme, pero a Alex no le interesaba ni le importaba que el gimnasio al completo se enterase de que estábamos haciendo el amor en las duchas.

Una vez que su agujero se acostumbró a mi polla y mi polla dejó de amenazar con impregnarlo de leche ante el primer movimiento brusco, comencé a buscar el punto que derrumbaría a aquel dios soberbio. No tardé demasiado en encontrarlo y comenzar a golpearlo una y otra vez mientras entraba y salía. Sus gemidos resonaban contra la palma de mi mano y se acoplaban al sonido que producían mis muslos cada vez que chocaban contra sus nalgas.

Justo como había previsto, luego de unos cuántos golpes a su próstata, besos a su cuello y mecidas a su polla, pude sentir cómo sus piernas comenzaban a flaquear. Con una enorme fuerza de voluntad, me detuve y me obligué a salir de adentro suyo. Enseguida sus ojos verdes me miraron interrogante. Le sonreí mientras le indicaba que se diera la vuelta una vez más. Y una vez más cumplió obedientemente.

Coloqué mis manos bajo sus piernas y, en susurros, le indiqué que rodeara mi cuello con sus brazos. Sus ojos se iluminaron al comprender lo que pretendía y obedeció rápidamente. Lo levanté y él rodeó sus piernas alrededor de mi cintura, colocando su entrada justo sobre la punta de mi polla una vez más. Esta vez no tan lentamente, se dejó caer sobre mi duro miembro. En ésta posición la penetración era mucho más intensa, mi polla llegaba más profundo ahora que él utilizaba su peso para hundirse en ella. Uní mi boca con la suya para ahogar nuestros gemidos, ni siquiera yo podía controlarme mientras Alex saltaba una y otra vez sobre mi polla a punto de explotar.

Cada uno intentaba devorar la boca del otro mientras nuestras lenguas vibraban con sonidos repletos de placer. Nuestros pechos se unían y podía sentir su propia polla entre nuestros abdómenes, aprovechamos el movimiento de esa posición y utilizamos nuestros abdominales como instrumentos para masturbarlo. Mientras mi polla entraba y salía, la suya se restregaba entre nuestros cuerpos forzados al máximo.

Al final fue demasiado. Alex se corrió espectacularmente, su leche aterrizando en nuestros pechos y hasta en mi barbilla. Mientras se corría, su agujero ejercía aún más presión sobre mi propio miembro y terminé derramándome por completo dentro suyo. Finalmente mis propias piernas comenzaron a temblar y tuvimos que abandonar aquella exquisita posición. Nuestros pechos subían y bajaban, agitados. El agua había lavado la prueba de su placer, pero eso no impidió que Alex se arrodillara y le dedicara algo de cariño a mi polla exhausta. Extrajo hasta la última gota de leche que me quedaba y sonrió satisfecho.

Pero no era una sonrisa altanera esta vez. Sonreía de una manera genuina...

Ese fue el momento en el que la duda se plantó dentro mío. ¿Qué significaba él para mí? A mis ojos acabábamos de hacer el amor, pero, ¿a los suyos? Sabía que el jamás lo admitiría, pero quizás él también lo sentía, aunque lo ocultara bajo su máscara de soberbia.

Apagamos la ducha y esperamos a asegurarnos que ninguna otra se encontrara encendida. Cuando no escuchamos nada más, nos envolvimos cada uno con una toalla y salimos con toda la naturalidad posible, dirigiéndonos a las casillas.

Alex había quedado con Gonza aquella tarde, de modo que se vistió apresuradamente y salió. Yo me quedé unos minutos más pensando, reflexionando en lo que acababa de suceder. Había empezado a desarrollar algo por él. Deseaba intensamente romper esa fría máscara que llevaba siempre encima y ver quién se ocultaba debajo. Quería conocer qué era lo que lo afligía, y consolarlo. Quería estar con él. Lo quería.

"Oye tú, ojos marrones," me di la vuelta mientras me ponía la camiseta para ver a otro chico, probablemente de mi misma edad, de pelo rubio y ojos claros que me hacía señas para que me acercara. "¿Cómo lo hiciste?"

"¿Cómo hice qué?" pregunté genuinamente confundido.

"¿Cómo hiciste para llevarte al guaperas?" el desconocido hablaba en voz baja y con una mirada cómplice.

"No sé de qué estás hablando," dije, aunque el rostro enrojecido me delataba.

"Vamos, no eres ni el primero ni el último. Los vi entrar en las duchas. Quiero saber cómo lo hacen. Yo también quiero una tajada."

Aquello me sacó de lugar.

"¿De qué estás hablando? ¿El primero y el último en qué?"

"Está bien, no me digas cómo lo conseguiste," respondió el otro con exasperación. "Pero al menos dime si es cierto lo que dicen de que solo se los lleva una vez."

"Mira, no sé de qué estás hablando; pero si te refieres al chico que acaba de salir, es mi novio," dije perdiendo la paciencia. "Y tú estás a punto de ganarte un par de ojos morados si sigues insinuando estupideces."

El desconocido se quedó pasmado.

"Es tu novio," dijo mientras se dibujaba una sonrisa estúpida en su rostro. "Pues lamento informarte, amigo, que tienes unos cuernos tan grandes que no podrás salir por la puerta. Tu novio se ha acostado con casi todo el gimnasio. Si no me crees puedes seguirlo, acaba de salir con uno de los empleados."

Era mi turno de quedarme pasmado, sus palabras resonando en mi cabeza. Dejé al tipo con la sonrisa idiota en el rostro, terminé de vestirme y salí del lugar con la mirada perdida. El mundo me daba vueltas. "Seguro son tonterías," intentaba convencerme, "aquel idiota solo estaba jugando conmigo, seguro nos vio entrar y el muy imbécil sintió celos o algo así."

Me subí a mi camioneta y conduje sin realmente saber hacia donde iba hasta que me encontré frente a su departamento. Pasé la noche sentado allí, con el pensamiento en guerra. Intentaba convencerme de que todo era mentira, que era un imbécil por dudar de Alex, que encendiera mi camioneta y me diera la vuelta antes de que fuera demasiado tarde... pero no pude hacerlo. Me quedé allí hasta que salió el sol.

Mi mundo había estallado en mil pedazos cuando vi al empleado que nos había atendido al llegar al gimnasio, el mismo que me había vendido una botella de agua y me había sonreído flirteando. 

"Tu novio se ha acostado con casi todo el gimnasio."

Sabía que no debía, si me daba la vuelta y volvía a mi casa en ese momento, podría hacer como si nada hubiera pasado. Podría seguir preguntándome si Alex se habría enamorado de mí como yo de él. Pero no pude evitarlo, mis pasos me guiaron hasta su puerta y mi mano golpeó sin mi consentimiento.

Alex abrió casi de inmediato. Estaba desnudo.

"Hey, ¿qué haces aquí tan temprano?" su tono no dejaba entrever nada, como si realmente nada hubiese pasado. Quizás hubiese sido solo una coincidencia, quizás me estaba preocupando en vano por cualquier tontería.

Me dejó entrar y vi su ropa desparramada por todas partes. Pero seguramente aquello no significaba nada, seguro había estado cansado por todo lo que había sucedido en la tarde y se había desvestido allí mismo en la entrada.

"Dame un segundo," dijo antes de tomar una muda de ropa y dirigirse al baño.

Entré a su habitación. La cama estaba deshecha. Eso no probaba nada, cualquiera deshacía la cama mientras daba vueltas en la noche. Mientras se revolcaba con alguien. La botella de lubricante se encontraba sobre la mesita de noche. Era gel para manos, quizás solo quería lavarse las manos. Aunque siempre la tenía guardada en el cajón. Había un condón usado y atado en el tacho de la basura.

"Listo, ¿quieres comer algo?" dijo una vez que salió del baño, vestido. "¿Qué haces con la misma ropa de ayer?" preguntó extrañado.

"Lo siento, debo irme", murmuré antes de salir sin mediar otra palabra.

Conduje al único lugar donde sabía que me escucharían, donde sabía que había alguien en quien podía confiar. O quizás no, ¿había alguien en quien poder confiar sin reservas?

Nico me llevó a su habitación y escuchó lo que había sucedido. Su rostro se había endurecido. Sabía que me merecía la mirada que me lanzaba, él me lo había advertido muchas veces. Aún así, se contuvo y no dijo nada en tono de reproche. Simplemente se limitó a ofrecerme su apoyo.

"¿Qué harás ahora?" dijo cuando terminamos de desayunar en un pequeño restaurante a la vuelta de su casa.

"No lo sé," respondí con amargura. "No quiero separarme de él. Quizás si le hablo, quizás si le digo lo que sucedió, quizás haya una explicación para todo ésto."

Nico me miraba con desaprobación.

"No voy a detenerte si quieres volver corriendo a sus brazos, Fran. Pero si voy a decirte, como amigo, que estás cometiendo un grave error."

"No lo sé," repetí. "Quizás..."

Pero habían pasado ya dos semanas y lo cierto es que no mucho había cambiado. Ahora que estaba más atento encontraba pruebas de sus aventuras a cada paso. Nico escuchaba cada una y me decía una y otra vez que renunciara a él, que buscara a alguien mejor. Pero yo no quería a nadie mejor, lo quería a él. Él era el dios griego que me volvía loco. Él era quién tenía esa máscara que tanto deseaba arrancarle. Solo que, hasta entonces, no había sabido qué tan gruesa era esa máscara en realidad.

La mañana que David quedó con Alex, Nico había estado a punto de estallar de rabia.

"Tenemos que hacer algo, Fran", había dicho. "Han pasado dos semanas y sigues pegado a él como si nada hubiera pasado. Si no vas a hablarle, al menos démosle una advertencia, un susto. No quiero que se acerque a mi hermano."

Pero había llegado el día y David y él ahora se encontraban juntos en su departamento. Nico había intentado convencer a David la noche anterior de no ir, peor no había tenido éxito. De modo que recibí un mensaje en medio de la noche... mientras me encontraba desnudo, compartiendo lecho con Alex. Habíamos cogido, y había sido tan bueno como siempre.

Ahora nos encontrábamos en aquel barrio desolado. No sabía ni me interesaba conocer cómo Nico había conseguido aquel supuesto contacto. Por un módico precio, le darían un buen susto a quien fuera que pidieras, era lo que le habían dicho.

Los botones que había encontrado en la entrada de su departamento me daban vueltas en la cabeza mientras el estómago se me revolvía pensando en lo que "un buen susto" podría significar.

"Nico, no puedo hacer esto," dije mirando con angustia a mi mejor amigo.

"Tú no, pero yo si. Ese bastardo se va a arrepentir de tocar a mi hermano menor," dicho eso se bajó de la camioneta y se dirigió rápidamente a la puerta de aquel lugar decrépito.

Golpeó y por unos segundos tuve la esperanza de que nada sucediera. Pero un hombre grande, fornido como un ropero abrió la puerta.

Todas las veces que habíamos hecho el amor cruzaron por mi cabeza en ese momento. Pero, ¿qué habían significado esas veces para él?

Nico le entregó algo al hombre y éste asintió. Intercambió un par de palabras más y volvió al auto.

Pensé en todas las pruebas de infidelidad que había encontrado en las últimas semanas. En la cara burlona de aquel desconocido que me había hablado en el gimnasio. Seguramente me habría tomado por un idiota. Después de todo, eso es lo que era.

Era un idiota por amarlo...

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Algunas notas:

Bueno, con éste capítulo especial finalmente puedo decir que terminamos con los capítulos de introducción. Ahora llega el grueso de la historia.

Muchas gracias por sus comentarios! Siempre ayuda saber qué piensan y recibir un poco de crítica constructiva para mejorar. Me gustaría que me dijeran también, qué les gustaría leer en el próximo capítulo en cuanto a la escena de sexo obligatoria. Voy a intentar cumplir con las peticiones, como regalo de navidad. Pueden dejar un comentario o enviar un mail!

En fin, gracias por leerme una vez más, espero lo hayan disfrutado y felices fiestas!

sábado, 19 de diciembre de 2015

Diario de un embaucador (Parte IV)

Desperté lentamente, sin demasiada voluntad de volver al mundo real. Había sucedido tanto en un solo fin de semana; me sentía exhausto a pesar de haber dormido... ¿cuánto? Busqué mi móvil en la mesita de noche, pero se había quedado sin batería. Intenté hacer memoria de la noche anterior. "Franco", pensé y enseguida noté que estaba solo en la cama.

Me puse de pie con un esfuerzo monumental y me dirigí a la ducha. Tampoco en el baño había rastro de Franco, pero el suelo estaba mojado, al menos sabía que había estado allí. Estaba desnudo, de modo que simplemente abrí la llave del agua caliente y me metí debajo. El agua me escocía, pero se sentía bien, podía sentir cómo me vigorizaba. Cerré los ojos y dejé que mis músculos se relajaran. Pensé en lo que me esperaba aquel día, le había prometido ayuda a David con química. Mi polla amenazó con despertar ante la expectativa. Apagué el agua y me envolví en una toalla.

Me agité un poco el cabello, me lo aparté de los ojos y vestí una camiseta y unas bermudas, seguramente haría un calor asqueroso. Salí a la cocina y, como había imaginado, Franco estaba ahí. Mi estómago gruñó al sentir el aroma a comida que inundaba el pequeño departamento. Franco iba y venía delante de un montón de utensillos que ni yo mismo sabía que tenía en la cocina. "Cuerpo espectacular, personalidad bonachona y cocina, el novio perfecto... si tan solo no fuera todo una farsa de la que solo yo soy consciente."

"¡Hey! Al fin despertaste. Estaba a punto de llamarte, ya casi está listo", dijo con su sonrisa bobalicona patentada y un beso casto.

"Hola", respondí con una sonrisa perezosa.

"Tuve que salir a comprar ingredientes para preparar algo decente, ¿cómo haces para vivir? No tienes una mierda en el refrigerador."

"Estoy seguro de que puedes encontrar algo de mierda si buscas bien", dije con sorna. "Vivo a ramen, deberías probarlo."

"Algún día me dirás cómo haces para mantener ese cuerpo."

"Con mucho, mucho sexo", pensé para mis adentros.

Franco había dispuesto todo para almorzar. Platos, cubiertos y hasta servilletas, ¿había comprado todo eso también? Estaba seguro de que nunca había visto nada parecido en mi cocina. Era tan jodidamente romántico. Las palabras de Gonza resonaron en mis oídos, pero no me provocaban nada. Simplemente me encogí de hombros y me dispuse a buscar el cargador de mi móvil.

"¿Tienes idea de qué hora es?", pregunté mientras Franco servía espaguetis, radicalmente diferente al ramen.

"Las tres de la tarde."

"Mierda", encontré el cargador y corría a mi habitación.

"¿Todo bien?"

"Quedé con David a las dos para ayudarlo en química", encendí el móvil y encontré varias llamadas perdidas y unos cuantos mensajes. Lo llamé de vuelta.

"Alex", respondió al segundo tono.

"Hey, David. Lo siento, me dormí. ¿Aún puedes llegar?"

"Si, claro. Estaré allí en media hora."

"Nos vemos entonces."

Volví a la cocina, Franco ya se encontraba devorando su plato. Me senté también e hice lo mismo. Hubo silencio por unos minutos, pero no era un silencio incómodo. Nunca lo era con él.

"¿Te arranqué la camisa anoche?", preguntó cuando terminamos.

"¿Qué?"

"Encontré botones en la puerta, pero no recuerdo haberte roto la camisa."

"Oh", imágenes de la noche del viernes pasaron rápidamente por mi mente. "Si, yo me la arranqué."

"¿No habías ido con Gonza a comprarla?", mi mejor amigo y sus sermones parecían estar bastante presentes aquel día.

"No, no encontramos nada. Usé una que ya tenía."

El timbre sonó y me libró de los recuerdos de la tarde anterior.


"¿Vas a quedarte?", pregunté intentando que no sonara tanto a una petición más que a una pregunta.

"No, bajo contigo. Nico va a acompañarme a casa a buscar algunas cosas y llevarlas a la suya. Sus padres no tienen problema en que me quede unos días. No te pases con David". Lo dijo como si yo fuera la persona más confiable del mundo. Como si subir con el hermano menor de su mejor amigo al departamento para "estudiar química" fuera justamente eso, una tarde de estudio y nada más.

Bajamos juntos y se fue mientras yo recibía a David. Nico no salió de su auto. Ese idiota siempre había sospechado de mí, estaba seguro de que le llenaba la cabeza a Franco... o al menos lo intentaba. Me encogí de hombros por segunda vez esa mañana. Mientras Franco continuara ofreciendo su polla para mi entretenimiento, no había nada de qué preocuparse.


David no paraba de pasarse la mano por el cabello, una clara señal de que él también era consciente de lo que estaba a punto de suceder. Me dediqué a sonreír en silencio mientras subíamos. Me adelanté para abrir la puerta y permitirle el paso; mientras lo hacía pude notar un bulto prometedor comenzando a notarse por encima de sus bermudas.

Era impresionante que luego de todo lo que había pasado en aquellos dos días, mi polla aún se emocionara ante la perspectiva de más sexo.

Pensaba que estaríamos un buen rato intentando fingir que le enseñaba química hasta que uno de los dos diera el primer paso y una cosa llevara a la otra. Pero David tenía otros planes. Apenas había cerrado la puerta cuando su boca se unió a la mía.

Me besaba con energía, como si hubiese estado esperando aquello por mucho tiempo. Probablemente así era. Era una agradable sorpresa descubrir que su lengua no intentaba dominar la mía, entraba a mi boca con timidez, se movía despacio. Era un cambio bien recibido. Enseguida tomé las riendas, entré a su boca con brusquedad y enredé mi lengua con la suya. Recorría su boca sin encontrar ninguna oposición, acaricié su paladar y pude sentirlo temblar antes de morderle el labio inferior y arrancarle un gemido.

Mientras tanto sus manos también habían encontrado con qué entretenerse. Se habían infiltrado debajo de mi camiseta y recorrían mi cuerpo completamente, como si intentaran grabarlo en sus palmas. Luego de unos segundos descendieron y entraron debajo de mis bermudas, atraparon mi polla y mis huevos al mismo tiempo. Un movimiento lento de subida y bajada comenzaba a marearme mientras mis testículos se endurecían al contacto.

David se despegó de mi boca y se puso de rodillas.

"¿Estamos ansiosos?", dije con una sonrisa irónica.

"No sabes cuánto tiempo he esperado esto", dijo antes de hacer desaparecer mi miembro en su boca.

Un gemido gutural se escapó de lo profundo de mi pecho mientras apoyaba mi peso contra la puerta y cerraba los ojos. Saltaba a los sentidos que no era ningún novato. Se había introducido mi polla hasta la garganta a la primera. Una habilidad que requería cierta práctica según mi propia experiencia. Se retiró lentamente para tomar algo de aire. Con una mano comenzó a pajearme mientras lamía mi glande, pero ahora que sabía lo que podía hacer, quería más. Coloqué una mano detrás de su cabeza y volví a sumergirme en su húmeda boca.

Tenía los labios carnosos y sus ojos negros brillaban con excitación, como si fuera él mismo quién estaba recibiendo una mamada de primera. Por un segundo me pregunté si así es cómo se sentirían mis conquistas cuando yo les proporcionaba mis propios cuidados. Mi polla vibraba dentro de su boca con cada uno de sus gemidos y podía sentir su lengua jugueteando. Le permití retroceder una vez más y comencé a follarme sus labios. Entraba y salía a una velocidad cada vez mayor. Sus gemidos se sincronizaban con los míos, sus manos me recorrían el cuerpo, sus ojos mostraban deseo.

Decidí que lo ayudaría a cumplir lo que tanto había esperado. Con una última embestida, llegó la liberación. Me mordí el labio con fuerza mientras me vaciaba dentro de su boca. David tragaba como si le estuviera dando néctar. Continuó pajeándome un poco más, extrayendo hasta la última gota, y una vez hubo terminado, continuó lamiendo mi polla como si fuera la golosina más deliciosa que jamás había probado. Finalmente levantó la vista y me sonrió con satisfacción.

"No puedo creer que al fin lo conseguí", dijo mordiéndose el labio inferior, aún de rodillas. "Hacía mucho tiempo que quería devorar tu polla. Eres un cabrón por andar mostrándola en las casillas a cada oportunidad que tienes. Estás jodidamente bueno."

"Y aún no has visto nada", dije devolviéndole una sonrisa lasciva.

Lo puse de pie y lo llevé hasta la mesa de la cocina. Estaba vacía, Franco y yo habíamos recogido. David se dejó guiar sin mediar palabra. Una vez allí, lo acosté de espaldas sobre la superficie y le quité zapatillas y bermudas de un solo tirón. Tenía una polla delgada y estilizada, acabada en un brillante glande rojo bañado en precum.

Pero no me detuve en su polla, quería jugar a algo más. Le abrí las piernas para dejar su agujero al descubierto. Estaba rojo, como si hubiera sido trabajado hacía poco. Me acerqué y le di una lamida de prueba. Aún tenía sus piernas abiertas en mis manos y pude sentir cómo temblaban: estaba sensible. Sonreí con malicia y volví al ataque.

Lamía su entrada una y otra vez, recorría el borde con mi lengua haciendo círculos y arrancándole gemidos de profundo placer. Juzgando por cómo temblaban sus piernas, lo rojo que se encontraba y los sonidos que soltaba, diría que no podría haber pasado más de un día desde que una polla se encontraba entrando y saliendo de allí de la misma manera que ahora lo hacía mi lengua.

Entraba y salía una y otra vez, y una y otra vez los sonidos que salían de su boca se volvían más y más balbuceantes. Luego de estar así varios minutos, decidí que era tiempo de pasar a algo más... intenso. Dejé su agujero para recorrer el espacio que había entre su entrada y sus huevos. Lo hice lentamente, con parsimonia, asegurándome de aplicar la suficiente presión como para encontrar el resultado que buscaba.

"¡Ah! ¡Alex! ¡Ahí! ¡Por favor! ¡No pares!"

No lo hice, volví a bajar, desde sus testículos a su agujero y hacia arriba una vez más. Mi polla volvió a endurecerse bajo el pensamiento de que tan solo media hora atrás había estado comiendo espaguetis hechos por mi novio en esa misma mesa. El hecho de que ahora tuviera un cuerpo desnudo, gimiendo y rogando por placer era un contraste significativo.

"¡Alex, por favor!"

"¿Por favor?", pregunté con malicia.

"No pares, no pares", balbuceaba ahora la víctima de mis caprichos.

Mientras continuaba provocándolo con mi lengua, decidí añadir un estímulo más. Lentamente introducí el dedo índice en su ano y comencé a penetrarlo una vez más. Adentro y afuera, el movimiento seguía el mismo ritmo de arriba y abajo que realizaba mi lengua. David estaba al borde de la locura.

Introduje un dedo más y cambié de táctica una vez más. Mientras mis dedos entraban y salían, me puse de pie y levanté su camiseta con la otra mano, revelando su cuerpo blanco, marcado con años de futbol. Sus abdominales apenas resaltaban, decidí sentirlos con mi propia boca. Comencé justo encima de su miembro, otra zona en extremo sensible si era bien estimulada. Lo lamía suavemente y depositaba suaves besos mientras continuaba el ascenso. Pude sentir sus abdominales bajo mi lengua y mis labios, iba recorriendo su forma, imaginándomelos mientras cerraba los ojos.

Sus brazos se encontraban firmes a cada lado de la mesa, se agarraba con fuerza a los bordes, lo que resaltaba aún más su pecho y las marcas que ahí había. Mis dedos habían encontrado el mismo punto sensible que mi lengua había estimulado, esta vez desde adentro. Ahora golpeaba su próstata una y otra vez. David tenía los ojos cerrados con fuerza y la espalda arqueada.

Sentía curiosidad por saber con quién había estado. Tenía una cantidad importante de marcas alrededor del cuello y en los pectorales. Me preguntaba que pasaría si agregaba una más.

Me acerqué a uno de sus pezones y comencé a devorarlo mientras introducía el tercer dedo. Lo mordía con una fuerza moderada y lo lamía, moviendo mi lengua rápidamente. Los gemidos de David iban en aumento otra vez. Estaba sufriendo una sobrecarga de estímulos mientras cambiaba de pezón y me dedicaba a succionar y morder el otro mientras que con la mano libre continuaba pellizcando el que había dejado libre.

Comencé a acelerar el ritmo con el que mis dedos entraban y salían de su agujero, mordí su pezón con un poco más de fuerza y eso fue todo lo que necesitó....

Con una sinfonía de sonidos, se corrió espectacularmente derramando toda su leche sobre su húmedo abdomen. Su pecho subía y bajaba, lo había dejado exhausto. Una sonrisa de profunda satisfacción llenaba su rostro.

Lamí mi postre de su abdomen, asegurándome de limpiarlo bien antes de que me atrajera y compartiéramos su sabor en nuestras bocas.

"Eso ha sido...", dijo cuando nos separamos.

"Lo sé", respondí con una sonrisa de suficiencia.

Se puso de pie y luego de vestirse me atrajo una vez más a su boca. Fue un beso largo, profundo.

"La próxima vez quiero tu polla dentro mío", dijo apoyando su frente contra la mía y susurrando.

"¿La próxima vez?", dije burlón, separándome de él. "Por lo que he visto, tu ya tienes dueño. Me siento usado", dije fingiendo indignación con ironía.

David se ruborizó violentamente.

"Tu también tienes novio, eso no ha sido un problema", dijo como un niño pequeño, excusándose.

Me acerqué por detrás y le apoyé mi polla dura entre las nalgas. David era unos cuantos centímetros más bajo. Apoyé mi rostro en su hombro y le susurré al oído.

"No es un problema, es un incentivo", restregaba mi miembro descaradamente contra su culo trabajado. La tela volvía a interponerse entre nosotros, pero no evitó que lo escuchara suspirar con deseo. "He hecho una pequeña adición a tu colección de marcas. Ahora no me queda más remedio que competir. Quiero que seas de mi propiedad y, como sabrás, suelo conseguir lo que quiero. A partir de ahora, cada vez que mi polla pida atención, te quiero de rodillas delante mío. Cada vez que sienta la necesidad de abrir un culito prieto, te quiero en cuatro delante mío. Donde sea, cuando sea. No quiero ver más marcas que no sean mías. A partir de ahora eres mío, ¿entendido?"

David asintió y se separó con una expresión que era una especie de mezcla entre satisfacción y confusión.

Lo cierto es que yo también estaba algo confundido. Era como si esas palabras hubieran salido de la boca de otra persona. ¿Desde cuándo buscaba continuidad? Mi primera norma era no repetir, nunca. Era mi modo de defenderme contra tonterías como sentimientos o cosas por el estilo. Franco había sido mi única excepción, e incluso así, solo le había permitido entrar por su cuerpo y su forma de coger.

Franco era sobresaliente, eso era lo único que le había permitido permanecer conmigo al principio. Luego había encontrado que devorar otros cuerpos mientras él iba por ahí feliz y campante confiando ciegamente en mí, era muy, muy excitante. Pero eso era lo único que lo había mantenido a mi lado hasta ahora.

Ahora me encontraba preguntándome qué era lo que mantendría a David. Sin duda había sido una buena mamada, y la escena sobre la mesa le daría material de paja por meses a la más experimentada estrella porno. Pero nada de eso justificaba lo que acababa de hacer. Lo que yo buscaba era traicionar al que creía poseerme, no poseer a alguien más. La imagen de David arrodillado frente a mí, mirándome con sus ojos oscuros y brillantes, lo que había sentido al ver sus marcas, su voz gimiendo mi nombre y pidiendo más, cruzaron por mi mente rápidamente.

"Supongo que lo intentaré, siempre puedo dejarlo si no funciona", pensé para mis adentros. Aunque en lo profundo de mi mente, sabía que algo había empezado a cambiar...

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Un día más, un relato más. Espero que lo disfruten! Había planeado postear éste y un capítulo más desde el punto de vista de Franco, pero no tuve tiempo. La vida social llama. Prometo sacar el otro capítulo mañana y sorprenderlos. Saludos!

jueves, 17 de diciembre de 2015

Diario de un embaucador (Parte III)

Franco no pasaría a buscarme hasta dentro de unas horas. Tiempo más que suficiente para salir y caminar un rato con alguien que hacía mucho tiempo no veía.

"¿Sabes que te va a terminar por descubrir, verdad? Y no va a ser bonito", decía Gonza a mi lado mientras caminábamos por las desiertas y calurosas calles del centro.

"No tengo idea de lo que estás hablando", dije con una sonrisa irónica.

"Alex, sabes perfectamente de lo que estoy hablando."

"Quizás, pero eso no implica que me de por aludido. Nadie va a enterarse de nada porque no hay nada de qué enterarse."

"Te montas a cada hombre que se te cruza en el camino y te llama la atención", dijo como si fuera la obviedad más grande del mundo.

Solté una carcajada.

"Quizás", dije aún riendo.

Gonza había sido mi mejor amigo durante años. Nos conocíamos desde primer año de secundaria. Él era alto, rubio, de ojos claros y con una personalidad única. Era mi más grande confidente. Si quisiera abrir mi vida y examinarla como a un libro, simplemente tendría que ir a él. Nos habíamos conocido el primer día de clases. Simplemente había llegado, se había sentado a mi lado y había empezado una conversación. Así era Gonza: simple, honesto, directo. Era lo que había mantenido nuestra amistad a flote, más aún que el hecho de que fuera un hetero acérrimo.

Entramos a una tienda de ropa particular en la que ambos solíamos comprar. Estábamos en busca de alguna camisa más o menos aceptable para la cena de esa noche. Luego de estar revolviendo un rato, Gonza se me acercó.

"Ni se te ocurra dejarme planteado para ir a morrearte por ahí."

Lo miré fingiendo indignación.

"¿De qué estás hablando?"

"Te estoy vigilando. Has estado intercambiando miradas con el empleado desde que entramos. Quédate quieto."

No pude hacer más que sonreír. Gonza me conocía demasiado bien. Me encogí de hombros y salí de la tienda, ya encontraría algo en el clóset.

"En serio, ¿es que no piensas en Franco? ¿Aunque sea un poco? ¿No te da al menos algo de pena?" Era hora de la charla otra vez.

"Ya lo hemos discutido muchas veces, Gonza. No voy a atarme a una sola persona. Hay que gozar, disfrutar de la vida."

"Si, pero esto es diferente. Una cosa es que tengas sexo con quien sea mientras no tienes ningún compromiso. Pero tu mismo aceptaste ponerte de novio."

"Y le aclaré que no era bueno en los noviazgos."

"Pero es evidente que el sí; ¡confía ciegamente en ti!"

"Tú no eres ningún inocente, te has acostado con más de una últimamente y también estás de novio", dije imitando su tono de reproche.

"Eso es diferente, solo una vez cada tanto, en alguna fiesta o algo así. Tú estás las 24 horas en busca de una posible presa."

"¿Qué hay de mis mamadas? Eso también tiene que contar como infidelidad; y bien que las disfrutas bastante seguido." Sonreí triunfante, había sacado mi as bajo la manga. Gonza se quedó en silencio y sus orejas se enrojecieron.

"Vamos, que no te vas a volver gay porque te la chupe de vez en cuando. Además lo gozas a lo grande. Déjame ser feliz y se feliz tú también", dije riendo.

Habíamos llegado a mi departamento. Gonza no había vuelto a decir palabra.

"Eh, ¿estás bien?", pregunté.

"Estás cometiendo un error, Alex. Y creo que lo sabes. Vas a terminar lastimando mucho a otra persona. Hacer eso no va a arreglar lo que sucedió."

Era mi turno de ponerme serio ahora.

"No voy a hablar de eso ahora. Nos vemos el lunes, Gonza."

Nos despedimos y entré al departamento. Aún tenía un par de horas antes de que Franco pasara a buscarme. Las dediqué a excavar en mi clóset, ducharme y pensar en lo que mi mejor amigo me había dicho esa tarde. Era la única persona que realmente podía obligarme a reflexionar.

Por primera vez en mucho tiempo, desempolvé los viejos recuerdos de aquella noche fatal. Aún dolían como cristales afilados. Aún sentía el dolor de lo ocurrido. Fue la noche en que encontré mi nueva forma de ser. Donde el joven despreocupado, adicto al sexo, soberbio y orgulloso había nacido. Si yo había tenido que sufrir tanto, había decidido, ¿por qué no dedicarme a gozar al máximo? Quizás hubiera una forma de equilibrar la balanza, de volver a como todo era antes.

El timbre me sacó de mi ensimismamiento. Me había vestido con una camisa azul marino y unos jeans, eso tendría que bastar. Bajé a toda prisa para encontrarme con Franco y salimos.

"Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?", dije luego de un rato en que solo se escuchaba el motor de la vieja camioneta.

"Claro, ¿qué sucede?", respondió con su tono alegre de siempre.

"¿Qué piensas de mi?"

"¿A qué te refieres?", Franco me lanzó una mirada, extrañado.

"En general, ¿qué piensas de mi?"

"Pienso que eres el chico más sexy que he conocido en la vida y yo el más suertudo que tú hayas conocido."

Sus palabras me arrancaron una sonrisa a mi pesar.

"También eres un engreído porque sabes lo bueno que estás. Pero eso solo te hace más atractivo". Tuve que reír ante eso. "Eres considerado, por eso estás aquí hoy. Eso también cuenta. Me gustas mucho."

No tuve que responder porque acabábamos de llegar, Mariana nos esperaba en la puerta. Suspiré.

"Ten paciencia, prometo recompensarte", dijo con una sonrisa cómplice.


"¡Hola Alex!" gritó Mariana apenas me vio bajar de la camioneta.

La hermana menor de Franco cumplía 18 años esa noche. Era bajita, flacucha, con una melena azabache como él y ojos saltones... y una profunda obsesión.

"Hola Mariana", dije sin mucho entusiasmo. Lancé una mirada de súplica a Franco, que sonreía como si estuviera viendo el show más entretenido del mundo. Su hermana me arrastró adentro.

"¡Mamá, papá! Alex ya está aquí", anunció para que el país al completo se enterara.

"Yo también estoy aquí", dijo Franco detrás de nosotros.

"Buenas noches Sr. Dietrich, buenas noches Sra. Dietrich", dije con toda la ironía que pude juntar. No les agradaba a los padres de mi novio y ellos no me agradaban a mí. Fingir lo contrario se había convertido en un juego.

"Buenas noches, joven", mi querido suegro jamás me había llamado por mi nombre.

Nos sentamos a la mesa, el Sr. Dietrich a la punta, la Sra. Dietrich y Mariana frente a Franco y a mí, respectivamente. La cena transcurrió sin mayores incidentes, más que alguno u otro comentario insidioso por parte de los padres y mi respectiva respuesta.


Estábamos terminando el plato principal y yo me aburría mientras la familia hablaba de sus últimas vacaciones, haciendo un trabajo fenomenal fingiendo que yo no existía (a excepción de Mariana, que no podía evitar echarme una mirada cada cinco segundos, vigilando que no desapareciera en una nube de humo de repente).

Franco debió haber sentido mi aburrimiento. En cierto momento, cuando nadie lo estaba viendo, deslizó una mano por debajo del larguísimo mantel blanco y la colocó sobre mi muslo. Mis latidos comenzaron a correr a toda velocidad pero intenté no dar ninguna señal visible de mi sobresalto.

La conversación ahora se había movido hacia el futbol, pero yo ya no intentaba prestar atención. La mano de Franco se deslizaba por el interior de mi muslo, de arriba hacia abajo, una y otra vez. Cada vez que subía se acercaba más y más a mi polla, la que respondía poniéndose cada vez más dura también. Para cuando la conversación volvió a cambiar hacia la política, yo utilizaba todo mi poder de concentración para no estallar en llamas. Franco se dedicaba ahora a acariciar mi miembro, duro como una roca. Lo recorría una y otra vez, haciendo presión de vez en cuando mientras mi frente se perlaba con sudor.

Finalmente la madre decidió que era hora de servir el maldito postre. Llamó a Mariana para que la acompañara a la cocina y le ayudara a lavar antes de servir el pastel. Mientras tanto el padre, probablemente porque ya no podría seguir ignorándome, decidió que tenía que hacer una llamada urgente de trabajo... un sábado en la noche.

Cuando nos quedamos solos, quité su mano rápidamente y lo fulminé con la mirada.

"¿Qué?" Dijo con una sonrisa de suficiencia, a la que respondí con una aún mayor.

"Hora de la venganza", dije mientras me deslizaba debajo de la mesa.

"¿Qué estás haciendo?", dijo mi novio con una mezcla de diversión y asombro.

El mantel era lo suficientemente largo como para cubrir lo que sucedía debajo de la mesa desde cualquier ángulo. Nadie me vería, perfecto.

Coloqué ambas manos en sus muslos y repetí el mismo movimiento que él había realizado minutos antes. Cuando finalmente llegué a su bulto, lo noté apretadísimo contra la tela de sus jeans. Tenía que hacer algo al respecto. Lentamente, con cuidado de no hacer ningún sonido, desabroché el botón y me dispuse a bajar la bragueta. Franco me detuvo tomando mis manos con las suyas.

"¿Qué intentas hacer? ¿Estás loco?", dijo en un susurro nervioso.

Pero no respondí, simplemente me dediqué a tomar la bragueta con mis dientes y bajarla de todos modos. En seguida pude sentir su delicioso aroma a macho, a polla ansiosa por ser devorada. Franco soltó mis manos y abrí su pantalón solo lo suficiente para poder ver sus slips negros, húmedos de precum.

Decidí hacerlo sufrir un poco más y me dediqué a lamer toda la longitud de su pollón por encima del slip. Podía sentir sus piernas temblando, iba a estallar. Casi podía ver su rostro, cerrando los ojos y haciendo una O perfecta con la boca. Recorría una y otra vez la forma de su polla, lamiéndola y haciendo presión con mis labios.

Cuando sentí que su miembro no aguantaría más aquel estímulo, comencé con la siguiente fase. Lentamente tomé el borde de sus slips y liberé el pollón que tenían aprisionado. Franco soltó un quejido que al principio interpreté como placer, pero enseguida vi que me equivocaba.

El padre había vuelto y yo había esquivado por pocos sus pies cuando se volvió a sentar a la mesa. Sonreí con malicia.

"¿Donde fue...?", dijo con su tono estirado de siempre.

"¿Alex?", dijo Franco con voz temblorosa. "Umm, tenía que usar el baño, le dije que usara el mío."

Fue inteligente al decir eso. Si hubiese dicho que había ido al baño normal de la casa, probablemente nos habrían agarrado. No podíamos saber si algún otro miembro había ido también. Decidí premiarlo por mantener la compostura. Lentamente deslicé mi lengua desde la base de su miembro hasta la punta, depositando un beso silencioso en su glande empapado en precum. Franco no emitió ningún sonido.

"Escucha, hijo", dijo su padre mientras yo me daba un festín. "Hay algo que quiero decirte desde hace un tiempo."

"S... si, papá", respondió mientras volvía a lamerle el miembro, esta vez desde los huevos.

"Quisiera pedirte que terminaras con esta... relación peligrosa. Ese chico es una muy mala influencia para ti", le dediqué un gesto invisible bajo la mesa y continué con mi juego.

Ahora me dedicaba a chupar su glande, saboreando su precum, succionando y pasándole mi lengua de mil formas distintas.

"Es evidente que ese joven solo ha entrado a tu vida para hacerte mal. Lo que pretende es destruirte hijo, a ti y a tu futuro", mi gesto no había cambiado.

Me reacomodé sobre mis rodillas y comencé un lento descenso, succionando y enredando la lengua alrededor de su mástil. Llegué hasta el fondo y me mantuve allí unos segundos antes de retirarme y hundirme esa polla hasta la garganta una vez más. Era una de las situaciones más excitantes en las que me había encontrado jamás. Mientras el padre hablaba, yo me devoraba la polla de su hijo bajo su misma mesa.

"Necesitas encontrar una bonita muchacha que te haga feliz, con la que puedas casarte y tener hijos."

"Puedo casarme y tener hijos con Alex, papá." Había tocado una fibra sensible (en materia de sentimientos). El sueño americano era algo que Franco siempre había deseado. Aunque jamás lo mencionaba adelante mío. Sabía que nunca podría convencerme de algo así. Aún así, me sorprendió que pudiera hablar con tanta claridad considerando la presión a la que lo estaba sometiendo. Debía presionar un poco más: aceleré el ritmo en que subía y bajaba por su miembro y comencé a manipular sus huevos con una mano.

"Ya, pero sabes a lo que me refiero. Lo que ese chico hace, lo que los de su clase hacen... es una abominación. Tu no eres así, hijo."

"Papá... ahora no es un buen momento."

Y realmente no lo era, sus piernas habían comenzado a temblar, estaba cerca.

"Ahora es el mejor momento. Quiero que termines con ésto, esta misma noche. Mi hijo no va a seguir un camino de perdición por una... una... abominación que solo busca corromper tu vida y tu futuro." Su tono se había vuelto más firme, mientras que las piernas de Franco se habían vuelto gelatina.

Un río de leche inundó mi boca, comencé a tragar al instante, pero no daba a vasto. No pude evitar que un poco de precioso líquido se escapara por la comisura de mi boca. La adrenalina había sido demasiado. Franco había estallado de una forma espectacular. Lamí los restos que habían quedado en su polla, volví a subir sus slips y abroché su pantalón con parsimonia.

La madre y Mariana entraban al comedor en el preciso momento en que yo salía de abajo de la mesa.

"Disculpe, Sr. Dietrich", dije inclinándome con tono burlón. "No era un buen momento para hablar porque ésta abominación se encontraba devorando el enorme pollón y dándose un festín con el exquisito semen de su hijo".

Sus rostros eran una mezcla de horror y sorpresa, un deleite para mis ojos. Sus miradas iban desde la mancha que discurría desde el borde de mi boca al rostro de Franco, que en ese momento se hundía en la silla, más rojo de lo que lo había visto jamás. Sin duda lo mejor de la noche fue la reacción de Mariana: se cubrió los ojos y subió llorando desconsolada a su habitación.

"Ahora, si nos disculpan; iremos a mi departamento para que su hijo me inserte su miembro y podamos fingir que hacemos pequeños hijos gays por nuestro futuro."

Tomé a Franco de la mano y salimos de allí con la mayor de las dignidades.


"Lo siento, ¿me excedí demasiado?" dije una vez estuvimos en su camioneta, más divertido que arrepentido.

"Bueno..." dijo él lentamente. "Creo que es seguro afirmar que tendré que pasar la noche contigo. Mis padres no olvidarán esto fácilmente. Si no hay ningún problema con eso..."

"No lo hay", dije aún con una sonrisa.

"Entonces debo admitir que has estado genial. Eso ha sido lo más caliente que hemos hecho por lejos", se inclinó y limpió el semen que se me había derramado con su lengua. Degustó su propio sabor y luego me devoró la boca. Me besó como solo lo hacía cuando estaba caliente como una pava. Bastó tocar su pantalón por encima para confirmar que estaba listo para una segunda ronda.

"Conduce, vamos a hacer hijos", dije riendo una vez que me hubo soltado.

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Espero que hayan disfrutado tanto como yo lo hice escribiendo este capítulo, saludos!

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Diario de un Embaucador: David

Hacía calor y el día pasaba demasiado lento. Era uno de esos típicos sábados de verano en los que no hay nada mejor que hacer más que tirarse en la cama y mirar el techo sin moverse, intentando pasar desapercibido ante el calor.

Había salido del entrenamiento y me había dirigido directamente a la casa. Nos encontrábamos solo mi hermano mayor y yo. Nuestros padres se habían ido a pasar el fin de semana a la playa con unos amigos. Como siempre sucedía en estas ocasiones, habíamos comido algo precocinado y cada uno se había retirado a sufrir el caluroso día a su manera y en su cuarto.

Desde donde me encontraba podía escuchar la música en el cuarto de mi hermano. Nico siempre aprovechaba éstas ocasiones para poner su lista de reproducción a todo volumen sin tener a mamá golpeándole la puerta y diciéndole que se iba a quedar sordo o alguna tontería por el estilo.

Mientras tanto yo me entretenía soñando con lo que sucedería el día siguiente. Había quedado con Alex para practicar química. Me mordí el labio. Solo de recordarlo me temblaban las piernas. Había pasado semanas intentando acercarme a él. El tipo era tan jodidamente sexy. Solo de recordar lo cerca que había estado de su polla, lo deliciosa que se veía... se me hacía agua la boca. Había tenido que utilizar toda mi fuerza de voluntad para no ponerme de rodillas allí mismo, en medio de las taquillas y frente a todo el equipo de fútbol y comenzar a chupársela.

Pero todos conocían su relación con Franco, el capitán del equipo; y todos querían a Franco, nadie se atrevería a hacer algo que pudiera ir en su contra. Era el típico chico bueno que había llegado a capitán por su carisma. El típico compañero al que todos invitaban a las barbacoas y con el que tu madre te comparaba para que seas más educado. Nadie se atrevería a meterse con su novio... aunque todos lo desearan.

Y Alex lo sabía. Siempre tardaba un buen rato en quitarse la ropa, se desnudaba antes de ir a las duchas, se dejaba la cortina entreabierta y demoraba otro rato en volver a vestirse. Era plenamente consciente de su posición. Sabía que todos lo observaban pero nadie se atrevía a ser demasiado evidente... y se deleitaba con eso.

Yo había tenido suficiente. Demasiadas veces había tenido que esconder la polla morcillona por sus exhibiciones, demasiadas pajas me había hecho pensando en él y en lo que haría. De modo que, en la mañana, cuando Franco finalmente lo dejó solo, decidí hacer mi jugada. Había ido hacia él hecho un manojo de nervios y había dicho lo primero que se me había cruzado por la cabeza. Por supuesto que no necesitaba tutorías de química, era uno de los mejores alumnos de la clase, pero fue lo primero que se me ocurrió y fue lo primero que dije. Habíamos quedado para mañana y ahora mi polla se ponía dura de tan solo pensar que íbamos a estar los dos solos en una habitación.

Acostado en mi cama cerré los ojos y me puse a fantasear con las posibilidades. Comencé a acariciarme el pecho, los pectorales, con una mano; mientras que la otra había ido hacia mi abdomen y bajaba rápidamente. Me pellizqué un pezón y solté un gemido mientras metía mi mano bajo las bermudas y me agarraba la polla dura como una roca.

Tenía el glande empapado en precum, de modo que comencé a esparcirlo por todo mi paquete. Suave, muy lentamente, apenas aplicando presión al principio mientras me imaginaba a Alex encima mío, jugando con mis pezones, acariciándome la polla, tocando mis huevos...

De repente oí cómo se abría la puerta y mi hermano se asomaba por ella. No había oído la música apagarse. Rápidamente quité la mano de mis bermudas y me senté como pude en la cama, sintiendo cómo se enrojecía mi rostro y una ola de calor me recorría el cuerpo.

"David, lo siento, debí haber golpeado". El rostro de mi hermano no denotaba ninguna emoción, ni sorpresa, ni enojo. "Quería hablar contigo."

"Pasa", dije con voz tenue. Nico entró y se sentó al pie de mi cama. Se encontraba sin camiseta igual que yo, exhibiendo su cuerpo como siempre. Llevaba unas bermudas negras que contrastaban contra las mías, amarillo brillante y el pelo castaño corto, contrastando con el mío.

"Quería hablarte sobre lo que me contaste en la mesa hace un rato". Su rostro seguía inmutable. Mientras almorzábamos le había comentado sobre mi pequeña victoria. Nico simplemente se había puesto serio y no había vuelto a decir una palabra. Su humor había cambiado por completo... y al parecer no había cambiado. "¿Hablabas en serio cuando dijiste de reunirte con Alex?"

Nico había conocido a Franco en una barbacoa que habíamos organizado en casa para el equipo. Eso había sido un par de años atrás. Se habían vuelto muy unidos desde entonces, eran mejores amigos, casi inseparables. Lo que significaba que también conocía a Alex. También sabía sobre mi fascinación hacia el novio de su mejor amigo, pero Nico nunca había hecho ningún comentario al respecto... hasta ahora.

"Si, claro", respondí. "¿Por qué no hablaría en serio? Sabes que hace mucho estoy buscando una oportunidad así".

"Una oportunidad de engancharte con el novio de otro". Lo dijo como si estuviera hablando del calor infernal que estaba haciendo. No había un atisbo de reproche en su tono.

"¿Qué quieres decir?"

"Quiero decir que deberías pensártelo dos o tres veces. Es la pareja de tu capitán, de tu amigo. ¿En serio quieres hacerle esto a Franco?"

"¿Hacerle qué? Solo vamos a estudiar química".

"Tu y yo sabemos que deseas más que ninguna otra cosa que suceda algo más. No hagas como si no te vi al entrar, David".

"¿Y eso qué? Métete en tus asuntos, Nico", dije, aunque sabía que el rostro se me había enrojecido y eso me enfurecía aún más.

"Es tu decisión", dijo luego de una larga pausa. "Pero ten cuidado con ese Alex, me da mala espina".

"Solo lo dices porque no quieres que nadie más..."

"...que nadie más te toque, por supuesto". Me interrumpió y me sonrojé aún más, si eso era posible. "Eres mío, hermanito. Creo que tendré que recordártelo".

Antes de darme tiempo a decir nada más, se abalanzó sobre la cama, me tomó de las muñecas, colocó ambos brazos detrás de mi cabeza y chocó sus labios con los míos.

No intenté resistirme, sabía que sería en vano. Mi hermano era bastante más grande que yo y estaba más trabajado. Además, siempre disfrutaba de nuestras sesiones.

Su lengua me recorrió los labios antes de introducirse en mi boca y apoderarse de ella por completo. Recorría cada centímetro y dictaba los movimientos de ambos. Mientras tanto podía sentir su enorme paquete contra el muslo, lo que automáticamente hizo que me pusiera duro una vez más.

"Eres mío, hermanito, voy a marcarte y vas a acordarte de quién es tu dueño, ¿está bien?" Dijo una vez se hubo separado de mi boca para respirar. Asentí con fuerza.

"Quiero que lo digas", dijo con su voz de macho alfa.

"Si, soy tuyo, quiero que me marques y me lo recuerdes", dije con verdadero deseo.

Hacíamos esto desde que éramos adolescentes, no era nada nuevo. Nuestro padres siempre habían sido de viajar mucho. Les gustaba disfrutar de su tiempo "a solas". De modo que Nico y yo solíamos quedar solos en casa al menos un par de veces al mes. Hacía un trabajo excelente con su papel de hermano mayor. Desde pequeño había sido muy protector conmigo y yo muy dependiente de mi hermano mayor. Y ese sentimiento había crecido exponencialmente junto a nosotros.

Un día me había encontrado besándome con un compañero del colegio en mi habitación. Se había enfurecido, nunca lo había visto así. Lo había echado sin miramientos y probablemente le diera un buen susto, porque aquel chico nunca se me volvió a acercar. Esa misma noche se coló en mi habitación, me tomó justo como me había agarrado ahora y lo hicimos por primera vez. Desde entonces, cada vez que papá y mamá se toman unos días fuera, Nico me recuerda a quién pertenezco.

Ahora me quitaba las bermudas de un tirón, sin soltarme los brazos y besando y mordiendo mi cuello, marcándome. Terminó de quitarme la prenda y llevó tres dedos a mi boca. Automáticamente me dediqué a chupar como si se tratara de su enorme miembro. Mientras tanto él bajaba con su boca por mi pecho y se disponía a besarme un pezón, lo recorría con la lengua y lo mordía, enviando olas incontrolables de placer por todo mi cuerpo.

Retiró los dedos de mi boca y gemí con anticipación cuando me abrió las piernas y comenzó a masajear mi entrada con movimientos circulares. Me mordía el labio inferior intentando no emitir ningún sonido a pesar de que moría de placer por dentro, sabía el efecto que tendría eso en él. Luego de unos segundos en que solo se oían sus juegos con mi pezón, levantó los ojos negros y me observó con una sonrisa lasciva en el rostro.

"Estás muy callado", dijo con tono irónico. "Creo que tendré que aflojarte la lengua, ¿eh, hermanito?"

Una vez más comenzó a subir por mi cuello, dejando marcas en el camino y dirigiéndose hacia mi oído. Por supuesto que conocía mi punto débil a la perfección. Me comenzó a mordisquear el lóbulo al mismo tiempo que introducía el primer dedo dentro de mí. El doble estímulo fue demasiado, no tuve opción más que empezar a gemir con locura.

"¿Te gusta cierto? ¿Te enloquece que tu hermano mayor te de placer? Abre esas piernas para mi", me susurraba al oído entre cada mordisco y la entrada y salida de su dedo.

"Si, quiero más", dije cerrando los ojos y dejándome llevar por todas las sensaciones que invadían mi cuerpo.

"¿Más? Que hermanito tan goloso", dijo riendo por lo bajo mientras introducía un segundo dedo y hacía que me arqueara de placer. Era sobrecogedor, intentaba mover los brazos, aunque fuera en vano, y eso parecía potenciar aún más a mi hermano. "Te voy a hacer mío, vas a gemir mi nombre y no vas a desear a nadie más, ¿está claro?"

No tardó en introducir el tercer dedo y decidir que ya estaba listo para recibir su enorme miembro. Buscó lubricante en el cajón de mi mesa de dormir, destapó la botella y se desparramó un poco del gel sobre el miembro, lo esparció con una mano, me abríó las piernas y se colocó contra mi entrada. Todo esto sin soltarme los brazos. El sentimiento de impotencia me volvía loco: mi hermano estaba a punto de penetrarme y yo no podía hacer nada al respecto (no que quisiera hacer algo tampoco).

"Esto es por desear a otro e intentar darte placer pensando en alguien que no sea tu hermano mayor, ¿está claro?", dijo mirándome a los ojos.

"Si", dije devolviéndole la mirada. Automáticamente recibí una fuerte nalgada.

"Si, hermano", me corrigió.

"Si, hermano", respondí. Su mano seguramente me habría dejado una marca más, pero no me importaba. Después de todo, mi cuerpo era suyo.

"Así está mejor", dijo antes de comenzar a introducirse lentamente dentro mío.

Su miembro era enorme, al menos veinte centímetros de gruesa carne. Podía sentir como me ensanchaba, cerré los ojos intentando soportar el dolor. Una vez estuvo completamente dentro, se detuvo, esperando a que me acostumbrara a su tamaño. Llevábamos años haciendo esto, mi hermano sabía perfectamente lo que hacía. Solo necesité verlo una vez a los ojos para que supiera que estaba listo. Automáticamente comenzó a retirarse, dejando solo la punta dentro mío, solo para volver hundirse una vez más.

Repitió este proceso una y otra vez, cambiando levemente el ángulo hasta encontrar el punto en que mi espalda se arqueó y los sonidos que emitía se volvieron inentendibles, Entonces comenzó a acelerar y golpear ese punto uno y otra, y otra y otra vez hasta cumplir su palabra.

"¡Nico! ¡Nico! ¡Ahí, no pares! ¡Nico!" Su nombre se escapaba de mi boca como una plegaria. Mi hermano me tenía completamente dominado y yo estaba disfrutando como loco.

No pudimos sostener ese ritmo mucho tiempo más, luego de un par de embestidas, fue él quien comenzó a gemir de placer; su actuación de tener todo bajo control volando por la ventana mientras empujaba con furia contra mí una y otra vez hasta que sentí su semen derramándose dentro mío. Ver su rostro contorsionado de placer, oír sus gemidos de alivio y sentir su semilla dentro de mí, me hizo correr automáticamente también. Mi leche salpicó su abdomen y el mío mientras nuestros labios se volvían a encontrar y mis brazos finalmente eran libres para enredarme en su cabello y presionarlo contra mí.

"¿Aún planeas verlo mañana?" Preguntó luego de un rato, después de desplomarse a mi lado, nuestros cuerpos cubiertos de sudor.

"Solo es una estúpida tutoría de química", dije intentando quitarle importancia. El sexo con mi hermano era genial, pero ya era hora de que probara algo nuevo, y ¿qué mejor que con un bombonazo como Alex? Siempre y cuando Nico no se enterara, no tendría de qué preocuparme.

Una fuerte nalgada me arrancó de mis pensamientos.

"Ve a darte una ducha", dijo mi hermano mayor, "luego ven aquí de nuevo, parece que no has entendido. Eres mío. Habrá que reforzar la lección."

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Bueno, ésta vez fue un poco diferente. Como dije, a medida que vaya avanzando, la historia se irá ensanchando y nuevos personajes se irán agregando.

La historia principal la veremos a través de los ojos de Alex, es por eso que éstos capítulos especiales de otros personajes no tendrán numeración.

Espero y lo hayan disfrutado, saludos!

martes, 15 de diciembre de 2015

Diario de un embaucador (Parte II)

"Alex, ¿nos vamos?"

"Si, vamos. Estoy listo", dije tomando el bolso que siempre tenía preparado junto a la puerta.

Nos subimos a su vieja camioneta y casi al instante sentí su mano enredándose en mi cabello y empujándome hacia él. De repente nos encontrábamos entrelazados en un caliente beso, su lengua entrando a la mía sin pedir permiso ni perdón. Sus besos siempre eran posesivos, dominantes, pero hoy parecía especialmente enérgico. Recorría el interior de mi boca, como intentando cubrir cada rincón. Sostenía mi rostro con una mano y me presionaba contra sus labios con la otra.

"¿A qué viene eso?", dije sin aliento una vez me hubo soltado.

"No lo sé", respondió Franco. "Estás... muy buenorro hoy."

Reprimí una sonrisa y le dije que conduciera. Era evidente que aún despedía hormonas después de la intensa sesión que había tenido la noche anterior. Por supuesto que Franco jamás sospecharía nada, era muy inocente, muy ingenuo. A veces me preguntaba si lo que le hacía no era alguna especie de abuso. Después de todo, me aprovechaba de nuestra relación para conseguir placer traicionándola. El hecho de que él fuera demasiado noble para siquiera sospechar debería haber despertado algún sentimiento de culpabilidad en mí... pero no lo hacía.

"¿Vendrás conmigo a la cena esta noche?" Preguntó esperanzado. Debía ser como la décima vez esa semana que lo mencionaba. Siempre recibía la misma respuesta.

"Sabes que no me gustan las cenas familiares, no es lo mío."

"Si, pero es una ocasión especial, es el cumpleaños de mi hermana. Ella apreciaría mucho que estuvieras allí."

"Claro que lo apreciaría", dije con una sonrisa irónica. "Sabes que está loca por comerme el rabo."

Franco no dijo nada, no le agradaba que hablara así de su hermana, era comprensible. Pero al mismo tiempo no podía negar que lo que había dicho era totalmente cierto. Mariana se lanzaba a mis brazos cada vez que me veía. Si los ojos hablaran, los suyos dirían "quiero abrirme para ti día y noche".

"Alex, por favor. Hazlo por mí, solo esta vez. Prometo estar en deuda contigo", su mano se deslizó por el interior de mi muslo, reforzando su punto.

"Está bien, solo esta vez. Y me debes una. Sabes que tu familia me detesta".

"Solo... les cuesta un poco aceptar lo nuestro".

"¿Quieres decir que tu madre piensa que te he echado alguna brujería para volverte gay y tu padre piensa que eres un maldito maricón con pluma porque me la metes hasta el fondo?"

Franco hizo una mueca de disgusto.

"Sabes a lo que me refiero".

Claro que lo sabía, Cualquiera lo sabría tan solo con entrar cinco minutos a la casa de esa familia de chiflados. Había cruces en todas las paredes y biblias y estatuas de santos en cada mesa. Eran un montón fanáticos religiosos que pensaban que porque dos hombres follaran, el mundo se acabaría en cualquier momento. Chiflados.

Pero una sonrisa cómplice se dibujaba en mi rostro mientras estacionaba la camioneta. Su mano en mi muslo me había dado una excelente idea que haría aquella noche mucho más llevadera.

El entrenamiento duro un par de horas. Nada fuera de lo común. El entrenador nos gritaba órdenes, nosotros las cumplíamos. Corríamos alrededor del campo, hacíamos un par de ejercicios, practicábamos penales. Los chicos me miraban el culo, yo les miraba el paquete. Lo normal.

Una vez terminada la práctica nos dirigimos a las taquillas para ducharnos. Era un deleite ver tantos cuerpos trabajados, sudados y desnudos. Disfrutaba de esos momentos más que de cualquier otro. No por ver a mis compañeros, sino porque ellos me veían a mi. Una sonrisa de soberbia se dibujaba en mi rostro cada vez que uno de ellos se apresuraba a las duchas intentando ocultar lo morcillonas que se les ponían las pollas al verme.

Pero mi relación con Franco era pública y, puesto que él era el capitán del equipo, nadie se atrevía a echar más que miradas furtivas al premio del capitán.

"Oye, debo irme temprano. Aún no he comprado el regalo de Mariana. ¿Te recojo a las siete?" Franco se había apresurado a llegar primero y ya se había duchado mientras yo apenas me estaba quitando la camiseta.

"Está bien", respondí. Depositó un casto beso en mis labios antes de desaparecer a toda velocidad.

Aproveché y tomé mi tiempo para desvestirme lentamente, sabiendo que hoy los demás tendrían más libertad para llenarse de material de pajas.

"Hey, ¿Alex?" dijo una voz detrás de mi una vez me hube desvestido por completo. Me di vuelta para encontrarme cara a cara con David. Un chico apenas más bajo y con un cuerpo tremendo. Se pasaba la mano por el cabello castaño en un gesto nervioso. Sonreí. Era gracioso ver a David tan nervioso, normalmente era muy simpático y suelto para hablar con todos. Sus ojos no paraban de bajar hacia mi paquete. "Emm, ¿podría pedirte un favor?"

Arqueé una ceja en señal de cuestionamiento, aún entretenido con la incomodidad del chico.

"Dime, lo que sea", saqué a relucir mi mejor sonrisa.

"Me dijeron que eres bueno en química. Necesito aprobar el próximo examen, ¿podrías echarme una mano con unas tutorías?"

Me tomé unos momentos para escanear al chico por completo, haciendo una pausa significativa en su paquete; como insinuando que conocía cual era el verdadero objetivo de esas "tutorías". Finalmente decidí que no podía negarme a probar aquel trago.

"Claro, por supuesto, ¿te parece mañana en la tarde en mi departamento?"

Su rostro se iluminó.

"Si, allí estaré. Te doy mi número para que me des la dirección".

Intercambiamos números de teléfono y casi en seguida una voz potente se alzó:

"¡Alex! Te necesito más tarde en mi oficina... con el uniforme". El entrenador tenía una mirada lasciva en los ojos. Había llegado la hora de pagar mi mensualidad en el equipo. Asentí levemente y me dirigí a las duchas.

Tardé un poco más de lo necesario, esperando a que el resto de los chicos terminara y se fueran. Cuando no escuché a nadie más, me envolví en una toalla y me dirigí hacia mi bolso. Volví a vestirme con el uniforme del equipo, aunque esta vez no usé ropa interior.

El entrenador me esperaba sentado detrás del escritorio en su enorme silla. No podía tener más de treinta y se mantenía en muy buen estado.

"¿Entrenador?"

"Pasa Alex", dijo poniéndose rápidamente de pie y cerrando la puerta de la oficina detrás de mí. No eran más que meras formalidades, ambos sabíamos para qué estaba ahí. Un bulto considerable se adivinaba ya en sus pantalones de gimnasia.

Unos meses atrás, cuando me había propuesto tener a Franco, había necesitado un poco de "poder de convencimiento" para que el entrenador me dejara entrar al equipo. Era una tontería, con mi estado físico podría haber entrado haciendo cualquier simple prueba de admisión. Pero, por supuesto, un tipo casado no perdería la oportunidad de probar un culo como el mío, que se le presentaba con una necesidad urgente de hacer lo que sea para entrar al equipo. Desde entonces había tenido que empezar a pagar derecho de piso para permanecer en el equipo. Una o dos veces al mes, el entrenador me pediría que me quedara luego del entrenamiento y cumpliera con el pago.

Cerró la puerta y casi al instante sentí sus manos dirigiéndose a mi bulto, se metieron por debajo del short y comenzaron a masajearme la polla, los huevos. Podía sentir su erección apretándose contra mi culo a través de las finas telas que llevábamos encima. Pasó su pulgar por mi glande y no pude evitar soltar un gemido de placer, comenzó a desparramar precum por toda mi polla, masajeando cada vez más rápido.

Pero antes de que pudiera llegar al climax, se detuvo, me empujó hacia su escritorio y barrió con un brazo carpetas, portarretratos y trofeos. Me dio la media vuelta de modo que quedara viéndolo de frente y me lanzó una mirada lasciva antes de empujarme para acostarme de espaldas en el escritorio. Arrancó mis shorts de un tirón pero dejándome el calzado y la camiseta. Era uno de sus fetiches, ya me había aprendido todas sus manías luego de unas cuantas sesiones, no era muy original. No le interesaban las felaciones ni los juegos, solo "coger un agujerito bien apretado", en sus propias palabras.

Sacó rápidamente lubricante y condones del cajón, se sacó la polla (de unos dieciocho centímetros), se volcó algo de crema en una mano y comenzó a masajear mi ano. Lo hacía apresurado, sin preocuparle demasiado si estaba preparado o no para recibir sus dedos. Casi en seguida metió dos sin miramientos. dejé escapar un quejido mientras los retiraba y volvía a empujar. Sin esperar demasiado metió un tercero y comenzó a estirarme. Agradecí haber pasado la noche anterior en compañía, ahora estaba un poco más flojo, era más fácil para mi agujero abrirse y estirarse para la polla lubricada que ya se apoyaba en mi entrada.

Siempre dolía como los mil demonios, mis gemidos solían ser en su mayoría más de dolor que de placer. El entrenador no tenía ninguna consideración con su gruesa polla. Entraba y salía a un ritmo bestial, sosteniendo mis piernas sobre sus hombros. Esta vez al menos alcancé a disfrutar un poco, ya había sido estirado, de manera que las embestidas no fueron tan brutales. El entrenador se corrió con un par de gruñidos guturales y prosiguió a la siguiente parte de la rutina.

Me pajeaba con torpeza, con su pene aún dentro mío. Mientras yo pensaba en lo que le haría al cuerpo de David al otro día y lograba correrme al cabo de unos segundos. Un par de disparos alcanzaron mi barbilla y el resto se derramó en mi abdomen. Había tomado la precaución de levantarme la camiseta, peor aún así la había salpicado también. El entrenador lamió todo rastro de semen de mi abdomen y barbilla, haciéndome cosquillas con la barba. Lo saboreó como el manjar que era; salió de dentro mío, se quitó el condón, lo anudó y lo tiró antes de decir:

"Muy bien Alex, supongo que te has ganado un par de semanas más en el equipo".

"Gracias, entrenador", dije con altanería antes de tomar mis shorts y salir a las taquillas para cambiarme y dirigirme a casa a darme otra ducha.

Pensé en todo el sexo que había tenido en tan solo unas cuantas horas... y todo lo que aún faltaba... y sonreí.

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Parte 2 lista, a medida que avance la historia, iré introduciendo nuevos personajes y la trama se irá engrosando. Saludos!

domingo, 13 de diciembre de 2015

Diario de un embaucador (Parte I)

El sudor cubría mi cuerpo mientras me dejaba caer a su lado. Mi pecho subía y bajaba con una exquisita mezcla de cansancio y éxtasis. Una sonrisa ladeada se dibujaba en mi rostro mientras lo oía, también agitado, a mi lado. "Finalmente lo logré", pensé para mis adentros.

Lo cierto es que esta vez me había costado un esfuerzo considerable llevarme a la escultura que ahora tenía al lado a la cama. Normalmente no solía tardarme más de una semana en conquistar a mi objetivo. No es que me estuviera quejando ni mucho menos, el trabajo había valido la pena. Ahora tenía un hermoso ejemplar bronceado, con un cuerpo perfectamente trabajado, pelo negro como el azabache y ojos azules que resplandecían, completamente a mi disposición.

Si bien no había sido el mejor sexo que haya tenido, no había estado para nada mal. Él era bastante inquieto, impaciente, lo cual había aportado bastante al disfrute de la experiencia. Lo habíamos hecho detrás de la puerta de entrada, en el sillón de la sala, en la alfombra, contra la pared de la habitación y finalmente en la cama. Estábamos exhaustos, satisfechos y mi reloj marcaba las 4:00 a.m.

"Ha sido genial" lo oí decir mientras se apoyaba en un codo para mirarme con una sonrisa bobalicona... típico. Sabía perfectamente lo que seguía, era como si todos siguieran el mismo libreto. "¿Te gustaría repetirlo? Podemos salir a tomar una cerveza el otro sábado, quizás pueda presentarte un par de amigos y organizar algo."

Okey, debo admitir que no me esperaba la proposición de los "amigos". Si fuera cualquier otro no le habría dado importancia, pero luego de pasar dos largas semanas de miradas furtivas, sonrisas escondidas y señales sutiles; estaba seguro de que se trataba del típico caso de timidez ocultando potencial (en lo del potencial al menos no me había equivocado).

"Lo siento, mis experiencias no se repiten". Me había sorprendido, pero solo eso. Si quisiera sexo con más de una persona, entonces habría más de una persona en mi cama. "Además, tengo novio".

"Podemos invitarlo, no hay problema alguno", dijo con tono esperanzado y no pude más que soltar una carcajada. Éste no iba a rendirse tan fácil.

"Estoy seguro que no, pero verás; el no sabe que estoy contigo... ni planeo decírselo tampoco .Como tú tampoco dirás nada si quieres alguna vez tener la más mínima oportunidad de repetir esto", dije mirándolo a los ojos con una sonrisa burlona. "Por allí está el baño si quieres ducharte antes de irte."

Me divertía ver la expresión en sus rostros cuando lo decía. Algunos se enojaban, a otros les resultaba de mal gusto, unos cuantos se ofendían como si fueran ellos mismos quienes llevaban los cuernos y algunos pensaban como yo... No existe nada más excitante que la adrenalina de saber que alguien te está poseyendo mientras le perteneces a otra persona. Es un sentimiento único, muy excitante... y buscarlo era mi deporte favorito.

Me puse de pie y tardé un par de segundos paseando mi mirada por mi último trofeo, consciente además, de que mi trofeo me la devolvía con una sed que parecía inagotable. Lo cierto es que me ejercitaba desde pequeño. Mi padre había sido siempre muy cuidadoso con su figura también y, desde que tenía edad suficiente, lo había acompañado al gimnasio. De manera que poseía un cuerpo de los que únicamente se consiguen trabajándolo desde temprano y con años de esfuerzo. No era ni demasiado fibrado ni escuálido. Estaba en el punto justo de equilibrio, cada músculo de mi torso, mis brazos, mi espalda, se marcaba notoriamente mientras me movía. Además había tenido la suerte de heredar el cabello del castaño más puro de mi madre y sus ojos verdes como esmeraldas pulidas.

La suerte me había sonreído y yo le devolvía una sonrisa soberbia. Sabía que despertaba deseo, y a lo largo de los años había aprendido a manejar ese deseo como un arma. Podía detectar hasta la mirada más furtiva que un hombre me lanzara y, si era lo suficientemente atractivo, sabía cuál era la respuesta correcta para terminar entrelazados en un baño público, el auto, un callejón o mi propio departamento. En algunos casos costaba un poco más de trabajo, algunos necesitaban un pequeño empujón para admitir lo que en realidad deseaban, unos cuantos eran tímidos y otros eran heteros. Pero hasta la fecha me enorgullecía de no llevar mancha en mi historial, cada hombre que me había propuesto tener, había acabado a mi lado... excepto uno. 

Mi novio, Franco. Hasta el día en que lo vi por primera vez, nunca se me habría ocurrido que llegaría a querer a alguien en mi cama con tanta fiereza. Había asistido a un partido de fútbol del equipo de la universidad como favor a una querida amiga. Lo cierto es que había ido de mala gana, el deporte no era realmente lo mío. Uno no necesita más que un gimnasio bien equipado para mantenerse en forma y entretener la vista con ejemplares masculinos de primera calidad... o eso era lo que pensaba.

Pelo negro y corto, ojos marrones, una barba de dos o tres días y un culo de ensueño fue lo primero que noté. Automáticamente lo marqué como posible blanco y continué mi escaneo del resto del equipo. Pero no pasó mucho tiempo antes de que Señor Culo Perfecto marcara el primer gol y, en plena euforia, se sacara la camiseta para festejar junto a sus compañeros. Al instante supe que quería ese ejemplar en mi cama, como fuera. 

A la semana ya me había inscrito en el equipo de fútbol (aunque mi opinión respecto al deporte no hubiese cambiado) y había averiguado, para gran regocijo mío, que mi objetivo se llamaba Franco y era bisexual. Automáticamente enfoqué todas mis armas de seducción en él: me paseaba desnudo o en ropa interior delante suyo en los vestidores, en las duchas; tocaba sus músculos y hacía comentarios amistosos; le lanzaba miradas significativas... Pero para sorpresa y desconcierto mío, por primera vez, nada de lo que hacía parecía funcionar. No lograba detectar ni una mínima pizca de atracción de su parte.

Pero no iba a rendirme tan fácil. Finalmente, luego de ver que las estrategias más directas no me llevarían a ningún lugar (o al menos no a una cama con él, puesto que el resto de mis compañeros de equipo estaban más que conscientes de mis flirteos), decidí tomar una ruta diferente. Comencé a conversar con él, aprender qué es lo que le gustaba, sus hábitos, lo que estudiaba, donde vivía... Al cabo de un par de semanas ya lo conocía lo suficiente como para poner en marcha la parte dos del plan: invitarlo a salir.

Accedió al instante, tomamos unas cervezas... y acabamos revolcándonos como animales hambrientos uno del otro.

"Lo cierto es que no me va mucho ese rollo de acostarme con alguien sin siquiera conocerlo, ¿Sabes?", me había dicho luego de que acabáramos de tomar una ducha juntos. Esa misma noche me pidió que fuéramos novios y, considerando que el sexo había sido alucinante y conseguirlo me había costado más trabajo que nunca antes, acepté.

Y, si bien me había conseguido un semental con cuerpo de adonis con el que pasar cuantas noches quisiera; al mismo tiempo había encontrado el enorme placer que se ocultaba en traicionar ese compromiso.

Ahora me encontraba bajo la ducha, el agua caliente me caía sobre la espalda mientras me apoyaba contra la pared con ambas manos y, con los ojos cerrados y una sonrisa, recordaba todo aquello. De repente sentí dos manos fuertes que me recorrían el pecho mientras una boca me recorría el cuello, subiendo hasta mi oído y me mordía el lóbulo, juguetona.

"Al menos déjame abrirte una vez más", sonreí, siempre querían más.

Con un gemido sentí como una polla dura como una roca se apoyaba entre mis nalgas y frotaba, poniéndome a mil. Con un gemido asentí y abrí las piernas, aún apoyado contra la pared. Luego de todo lo que habíamos hecho aquella noche su polla entro casi sin esfuerzo en mi agujero ya bien abierto. Casi no hubo dolor antes de que los gemidos de placer comenzaran.

Me bombeaba con fuerza y respiraba agitado en mi oído mientras se deleitaba masajeando mi polla y me agarraba de la barbilla para mantener mi cabeza apoyada en su hombro. Era evidente que se moría de ganas por marcarme, morderme el cuello, pero eso estaba terminantemente prohibido. Era algo que siempre dejaba bien en claro antes de comenzar cualquier cosa con cualquier persona: nada de marcas.

Rápidamente encontró ese dulce punto dentro mío que enviaba olas de placer por todo mi cuerpo. Comencé a moverme con él, buscando que golpeara ese punto más y más veces, hasta que ya no pude más. Con un último gemido de profundo placer derramé mi leche sobre su mano, satisfecho. El aún no había llegado al climax, pero se detuvo y salió de adentro mío. Lo miré interrogante aunque sabía qué es lo que seguía a continuación.

"Quiero correrme en tu boca", lo dijo como una afirmación, y sin esperar por mi aprobación, me empujó hacia abajo, poniéndome de rodillas y apoyando su duro miembro sobre mi rostro.

No me sorprendía, correrse en mi rostro o mi boca era un servicio muy solicitado y uno en el que ya había adquirido mucha experiencia. Simplemente les excitaba que los viera a los ojos con mis profundos ojos verdes mientras me devoraba su miembro hasta el fondo. Era algo que había aprendido yo también a disfrutar. De modo que sin mediar otra palabra, me aparté el cabello de los ojos y me dispuse a lamer con manía su glande, saboreando un poco de su precum mientras recorría su duro abdomen con mis manos y sentía el agua caerle encima.

En seguida comencé a introducirme el miembro entero en la boca, jugando con mi lengua, enroscándola alrededor y moviéndola inquieta. Poco a poco llegué a la base y pude sentir su miembro ocupando mi garganta. Todo esto sin apartar mi verde mirada de la suya y deleitándome en los sonidos que aquel hetero dejaba escapar. Finalmente empecé a retirarme solo para sentir su mano enredarse en mi cabello y empujarme al fondo una vez más. Mantuvimos así un ritmo creciente mientras me dedicaba a masajear sus testículos hasta llevarlo al borde. Su semen estaba caliente y era algo salado, me lo tragué sin dejar escapar una gota y limpié bien su polla antes de ponerme de pie y compartir su sabor con mi lengua.

Finalmente terminamos de ducharnos, nos vestimos y lo acompañé a la puerta para despedirlo. Hizo un último, desesperado intento de arreglar para otra ocasión, me negué una vez más y se fue. Cerré la puerta y vi la hora: 5:40 a.m. Me apresuré a ponerme algo de colonia y cambiar las sábanas de mi habitación. A las 6 en punto Franco golpeó la puerta.

"Alex, ¿nos vamos?" dijo con la misma sonrisa bobalicona que ponía siempre que pasaba a buscarme los sábados para ir a práctica de fútbol.

CONTINUARÁ...

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Bueno, es el primer relato y la primera parte de la historia. Díganme que piensan!