sábado, 19 de diciembre de 2015

Diario de un embaucador (Parte IV)

Desperté lentamente, sin demasiada voluntad de volver al mundo real. Había sucedido tanto en un solo fin de semana; me sentía exhausto a pesar de haber dormido... ¿cuánto? Busqué mi móvil en la mesita de noche, pero se había quedado sin batería. Intenté hacer memoria de la noche anterior. "Franco", pensé y enseguida noté que estaba solo en la cama.

Me puse de pie con un esfuerzo monumental y me dirigí a la ducha. Tampoco en el baño había rastro de Franco, pero el suelo estaba mojado, al menos sabía que había estado allí. Estaba desnudo, de modo que simplemente abrí la llave del agua caliente y me metí debajo. El agua me escocía, pero se sentía bien, podía sentir cómo me vigorizaba. Cerré los ojos y dejé que mis músculos se relajaran. Pensé en lo que me esperaba aquel día, le había prometido ayuda a David con química. Mi polla amenazó con despertar ante la expectativa. Apagué el agua y me envolví en una toalla.

Me agité un poco el cabello, me lo aparté de los ojos y vestí una camiseta y unas bermudas, seguramente haría un calor asqueroso. Salí a la cocina y, como había imaginado, Franco estaba ahí. Mi estómago gruñó al sentir el aroma a comida que inundaba el pequeño departamento. Franco iba y venía delante de un montón de utensillos que ni yo mismo sabía que tenía en la cocina. "Cuerpo espectacular, personalidad bonachona y cocina, el novio perfecto... si tan solo no fuera todo una farsa de la que solo yo soy consciente."

"¡Hey! Al fin despertaste. Estaba a punto de llamarte, ya casi está listo", dijo con su sonrisa bobalicona patentada y un beso casto.

"Hola", respondí con una sonrisa perezosa.

"Tuve que salir a comprar ingredientes para preparar algo decente, ¿cómo haces para vivir? No tienes una mierda en el refrigerador."

"Estoy seguro de que puedes encontrar algo de mierda si buscas bien", dije con sorna. "Vivo a ramen, deberías probarlo."

"Algún día me dirás cómo haces para mantener ese cuerpo."

"Con mucho, mucho sexo", pensé para mis adentros.

Franco había dispuesto todo para almorzar. Platos, cubiertos y hasta servilletas, ¿había comprado todo eso también? Estaba seguro de que nunca había visto nada parecido en mi cocina. Era tan jodidamente romántico. Las palabras de Gonza resonaron en mis oídos, pero no me provocaban nada. Simplemente me encogí de hombros y me dispuse a buscar el cargador de mi móvil.

"¿Tienes idea de qué hora es?", pregunté mientras Franco servía espaguetis, radicalmente diferente al ramen.

"Las tres de la tarde."

"Mierda", encontré el cargador y corría a mi habitación.

"¿Todo bien?"

"Quedé con David a las dos para ayudarlo en química", encendí el móvil y encontré varias llamadas perdidas y unos cuantos mensajes. Lo llamé de vuelta.

"Alex", respondió al segundo tono.

"Hey, David. Lo siento, me dormí. ¿Aún puedes llegar?"

"Si, claro. Estaré allí en media hora."

"Nos vemos entonces."

Volví a la cocina, Franco ya se encontraba devorando su plato. Me senté también e hice lo mismo. Hubo silencio por unos minutos, pero no era un silencio incómodo. Nunca lo era con él.

"¿Te arranqué la camisa anoche?", preguntó cuando terminamos.

"¿Qué?"

"Encontré botones en la puerta, pero no recuerdo haberte roto la camisa."

"Oh", imágenes de la noche del viernes pasaron rápidamente por mi mente. "Si, yo me la arranqué."

"¿No habías ido con Gonza a comprarla?", mi mejor amigo y sus sermones parecían estar bastante presentes aquel día.

"No, no encontramos nada. Usé una que ya tenía."

El timbre sonó y me libró de los recuerdos de la tarde anterior.


"¿Vas a quedarte?", pregunté intentando que no sonara tanto a una petición más que a una pregunta.

"No, bajo contigo. Nico va a acompañarme a casa a buscar algunas cosas y llevarlas a la suya. Sus padres no tienen problema en que me quede unos días. No te pases con David". Lo dijo como si yo fuera la persona más confiable del mundo. Como si subir con el hermano menor de su mejor amigo al departamento para "estudiar química" fuera justamente eso, una tarde de estudio y nada más.

Bajamos juntos y se fue mientras yo recibía a David. Nico no salió de su auto. Ese idiota siempre había sospechado de mí, estaba seguro de que le llenaba la cabeza a Franco... o al menos lo intentaba. Me encogí de hombros por segunda vez esa mañana. Mientras Franco continuara ofreciendo su polla para mi entretenimiento, no había nada de qué preocuparse.


David no paraba de pasarse la mano por el cabello, una clara señal de que él también era consciente de lo que estaba a punto de suceder. Me dediqué a sonreír en silencio mientras subíamos. Me adelanté para abrir la puerta y permitirle el paso; mientras lo hacía pude notar un bulto prometedor comenzando a notarse por encima de sus bermudas.

Era impresionante que luego de todo lo que había pasado en aquellos dos días, mi polla aún se emocionara ante la perspectiva de más sexo.

Pensaba que estaríamos un buen rato intentando fingir que le enseñaba química hasta que uno de los dos diera el primer paso y una cosa llevara a la otra. Pero David tenía otros planes. Apenas había cerrado la puerta cuando su boca se unió a la mía.

Me besaba con energía, como si hubiese estado esperando aquello por mucho tiempo. Probablemente así era. Era una agradable sorpresa descubrir que su lengua no intentaba dominar la mía, entraba a mi boca con timidez, se movía despacio. Era un cambio bien recibido. Enseguida tomé las riendas, entré a su boca con brusquedad y enredé mi lengua con la suya. Recorría su boca sin encontrar ninguna oposición, acaricié su paladar y pude sentirlo temblar antes de morderle el labio inferior y arrancarle un gemido.

Mientras tanto sus manos también habían encontrado con qué entretenerse. Se habían infiltrado debajo de mi camiseta y recorrían mi cuerpo completamente, como si intentaran grabarlo en sus palmas. Luego de unos segundos descendieron y entraron debajo de mis bermudas, atraparon mi polla y mis huevos al mismo tiempo. Un movimiento lento de subida y bajada comenzaba a marearme mientras mis testículos se endurecían al contacto.

David se despegó de mi boca y se puso de rodillas.

"¿Estamos ansiosos?", dije con una sonrisa irónica.

"No sabes cuánto tiempo he esperado esto", dijo antes de hacer desaparecer mi miembro en su boca.

Un gemido gutural se escapó de lo profundo de mi pecho mientras apoyaba mi peso contra la puerta y cerraba los ojos. Saltaba a los sentidos que no era ningún novato. Se había introducido mi polla hasta la garganta a la primera. Una habilidad que requería cierta práctica según mi propia experiencia. Se retiró lentamente para tomar algo de aire. Con una mano comenzó a pajearme mientras lamía mi glande, pero ahora que sabía lo que podía hacer, quería más. Coloqué una mano detrás de su cabeza y volví a sumergirme en su húmeda boca.

Tenía los labios carnosos y sus ojos negros brillaban con excitación, como si fuera él mismo quién estaba recibiendo una mamada de primera. Por un segundo me pregunté si así es cómo se sentirían mis conquistas cuando yo les proporcionaba mis propios cuidados. Mi polla vibraba dentro de su boca con cada uno de sus gemidos y podía sentir su lengua jugueteando. Le permití retroceder una vez más y comencé a follarme sus labios. Entraba y salía a una velocidad cada vez mayor. Sus gemidos se sincronizaban con los míos, sus manos me recorrían el cuerpo, sus ojos mostraban deseo.

Decidí que lo ayudaría a cumplir lo que tanto había esperado. Con una última embestida, llegó la liberación. Me mordí el labio con fuerza mientras me vaciaba dentro de su boca. David tragaba como si le estuviera dando néctar. Continuó pajeándome un poco más, extrayendo hasta la última gota, y una vez hubo terminado, continuó lamiendo mi polla como si fuera la golosina más deliciosa que jamás había probado. Finalmente levantó la vista y me sonrió con satisfacción.

"No puedo creer que al fin lo conseguí", dijo mordiéndose el labio inferior, aún de rodillas. "Hacía mucho tiempo que quería devorar tu polla. Eres un cabrón por andar mostrándola en las casillas a cada oportunidad que tienes. Estás jodidamente bueno."

"Y aún no has visto nada", dije devolviéndole una sonrisa lasciva.

Lo puse de pie y lo llevé hasta la mesa de la cocina. Estaba vacía, Franco y yo habíamos recogido. David se dejó guiar sin mediar palabra. Una vez allí, lo acosté de espaldas sobre la superficie y le quité zapatillas y bermudas de un solo tirón. Tenía una polla delgada y estilizada, acabada en un brillante glande rojo bañado en precum.

Pero no me detuve en su polla, quería jugar a algo más. Le abrí las piernas para dejar su agujero al descubierto. Estaba rojo, como si hubiera sido trabajado hacía poco. Me acerqué y le di una lamida de prueba. Aún tenía sus piernas abiertas en mis manos y pude sentir cómo temblaban: estaba sensible. Sonreí con malicia y volví al ataque.

Lamía su entrada una y otra vez, recorría el borde con mi lengua haciendo círculos y arrancándole gemidos de profundo placer. Juzgando por cómo temblaban sus piernas, lo rojo que se encontraba y los sonidos que soltaba, diría que no podría haber pasado más de un día desde que una polla se encontraba entrando y saliendo de allí de la misma manera que ahora lo hacía mi lengua.

Entraba y salía una y otra vez, y una y otra vez los sonidos que salían de su boca se volvían más y más balbuceantes. Luego de estar así varios minutos, decidí que era tiempo de pasar a algo más... intenso. Dejé su agujero para recorrer el espacio que había entre su entrada y sus huevos. Lo hice lentamente, con parsimonia, asegurándome de aplicar la suficiente presión como para encontrar el resultado que buscaba.

"¡Ah! ¡Alex! ¡Ahí! ¡Por favor! ¡No pares!"

No lo hice, volví a bajar, desde sus testículos a su agujero y hacia arriba una vez más. Mi polla volvió a endurecerse bajo el pensamiento de que tan solo media hora atrás había estado comiendo espaguetis hechos por mi novio en esa misma mesa. El hecho de que ahora tuviera un cuerpo desnudo, gimiendo y rogando por placer era un contraste significativo.

"¡Alex, por favor!"

"¿Por favor?", pregunté con malicia.

"No pares, no pares", balbuceaba ahora la víctima de mis caprichos.

Mientras continuaba provocándolo con mi lengua, decidí añadir un estímulo más. Lentamente introducí el dedo índice en su ano y comencé a penetrarlo una vez más. Adentro y afuera, el movimiento seguía el mismo ritmo de arriba y abajo que realizaba mi lengua. David estaba al borde de la locura.

Introduje un dedo más y cambié de táctica una vez más. Mientras mis dedos entraban y salían, me puse de pie y levanté su camiseta con la otra mano, revelando su cuerpo blanco, marcado con años de futbol. Sus abdominales apenas resaltaban, decidí sentirlos con mi propia boca. Comencé justo encima de su miembro, otra zona en extremo sensible si era bien estimulada. Lo lamía suavemente y depositaba suaves besos mientras continuaba el ascenso. Pude sentir sus abdominales bajo mi lengua y mis labios, iba recorriendo su forma, imaginándomelos mientras cerraba los ojos.

Sus brazos se encontraban firmes a cada lado de la mesa, se agarraba con fuerza a los bordes, lo que resaltaba aún más su pecho y las marcas que ahí había. Mis dedos habían encontrado el mismo punto sensible que mi lengua había estimulado, esta vez desde adentro. Ahora golpeaba su próstata una y otra vez. David tenía los ojos cerrados con fuerza y la espalda arqueada.

Sentía curiosidad por saber con quién había estado. Tenía una cantidad importante de marcas alrededor del cuello y en los pectorales. Me preguntaba que pasaría si agregaba una más.

Me acerqué a uno de sus pezones y comencé a devorarlo mientras introducía el tercer dedo. Lo mordía con una fuerza moderada y lo lamía, moviendo mi lengua rápidamente. Los gemidos de David iban en aumento otra vez. Estaba sufriendo una sobrecarga de estímulos mientras cambiaba de pezón y me dedicaba a succionar y morder el otro mientras que con la mano libre continuaba pellizcando el que había dejado libre.

Comencé a acelerar el ritmo con el que mis dedos entraban y salían de su agujero, mordí su pezón con un poco más de fuerza y eso fue todo lo que necesitó....

Con una sinfonía de sonidos, se corrió espectacularmente derramando toda su leche sobre su húmedo abdomen. Su pecho subía y bajaba, lo había dejado exhausto. Una sonrisa de profunda satisfacción llenaba su rostro.

Lamí mi postre de su abdomen, asegurándome de limpiarlo bien antes de que me atrajera y compartiéramos su sabor en nuestras bocas.

"Eso ha sido...", dijo cuando nos separamos.

"Lo sé", respondí con una sonrisa de suficiencia.

Se puso de pie y luego de vestirse me atrajo una vez más a su boca. Fue un beso largo, profundo.

"La próxima vez quiero tu polla dentro mío", dijo apoyando su frente contra la mía y susurrando.

"¿La próxima vez?", dije burlón, separándome de él. "Por lo que he visto, tu ya tienes dueño. Me siento usado", dije fingiendo indignación con ironía.

David se ruborizó violentamente.

"Tu también tienes novio, eso no ha sido un problema", dijo como un niño pequeño, excusándose.

Me acerqué por detrás y le apoyé mi polla dura entre las nalgas. David era unos cuantos centímetros más bajo. Apoyé mi rostro en su hombro y le susurré al oído.

"No es un problema, es un incentivo", restregaba mi miembro descaradamente contra su culo trabajado. La tela volvía a interponerse entre nosotros, pero no evitó que lo escuchara suspirar con deseo. "He hecho una pequeña adición a tu colección de marcas. Ahora no me queda más remedio que competir. Quiero que seas de mi propiedad y, como sabrás, suelo conseguir lo que quiero. A partir de ahora, cada vez que mi polla pida atención, te quiero de rodillas delante mío. Cada vez que sienta la necesidad de abrir un culito prieto, te quiero en cuatro delante mío. Donde sea, cuando sea. No quiero ver más marcas que no sean mías. A partir de ahora eres mío, ¿entendido?"

David asintió y se separó con una expresión que era una especie de mezcla entre satisfacción y confusión.

Lo cierto es que yo también estaba algo confundido. Era como si esas palabras hubieran salido de la boca de otra persona. ¿Desde cuándo buscaba continuidad? Mi primera norma era no repetir, nunca. Era mi modo de defenderme contra tonterías como sentimientos o cosas por el estilo. Franco había sido mi única excepción, e incluso así, solo le había permitido entrar por su cuerpo y su forma de coger.

Franco era sobresaliente, eso era lo único que le había permitido permanecer conmigo al principio. Luego había encontrado que devorar otros cuerpos mientras él iba por ahí feliz y campante confiando ciegamente en mí, era muy, muy excitante. Pero eso era lo único que lo había mantenido a mi lado hasta ahora.

Ahora me encontraba preguntándome qué era lo que mantendría a David. Sin duda había sido una buena mamada, y la escena sobre la mesa le daría material de paja por meses a la más experimentada estrella porno. Pero nada de eso justificaba lo que acababa de hacer. Lo que yo buscaba era traicionar al que creía poseerme, no poseer a alguien más. La imagen de David arrodillado frente a mí, mirándome con sus ojos oscuros y brillantes, lo que había sentido al ver sus marcas, su voz gimiendo mi nombre y pidiendo más, cruzaron por mi mente rápidamente.

"Supongo que lo intentaré, siempre puedo dejarlo si no funciona", pensé para mis adentros. Aunque en lo profundo de mi mente, sabía que algo había empezado a cambiar...

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Un día más, un relato más. Espero que lo disfruten! Había planeado postear éste y un capítulo más desde el punto de vista de Franco, pero no tuve tiempo. La vida social llama. Prometo sacar el otro capítulo mañana y sorprenderlos. Saludos!

jueves, 17 de diciembre de 2015

Diario de un embaucador (Parte III)

Franco no pasaría a buscarme hasta dentro de unas horas. Tiempo más que suficiente para salir y caminar un rato con alguien que hacía mucho tiempo no veía.

"¿Sabes que te va a terminar por descubrir, verdad? Y no va a ser bonito", decía Gonza a mi lado mientras caminábamos por las desiertas y calurosas calles del centro.

"No tengo idea de lo que estás hablando", dije con una sonrisa irónica.

"Alex, sabes perfectamente de lo que estoy hablando."

"Quizás, pero eso no implica que me de por aludido. Nadie va a enterarse de nada porque no hay nada de qué enterarse."

"Te montas a cada hombre que se te cruza en el camino y te llama la atención", dijo como si fuera la obviedad más grande del mundo.

Solté una carcajada.

"Quizás", dije aún riendo.

Gonza había sido mi mejor amigo durante años. Nos conocíamos desde primer año de secundaria. Él era alto, rubio, de ojos claros y con una personalidad única. Era mi más grande confidente. Si quisiera abrir mi vida y examinarla como a un libro, simplemente tendría que ir a él. Nos habíamos conocido el primer día de clases. Simplemente había llegado, se había sentado a mi lado y había empezado una conversación. Así era Gonza: simple, honesto, directo. Era lo que había mantenido nuestra amistad a flote, más aún que el hecho de que fuera un hetero acérrimo.

Entramos a una tienda de ropa particular en la que ambos solíamos comprar. Estábamos en busca de alguna camisa más o menos aceptable para la cena de esa noche. Luego de estar revolviendo un rato, Gonza se me acercó.

"Ni se te ocurra dejarme planteado para ir a morrearte por ahí."

Lo miré fingiendo indignación.

"¿De qué estás hablando?"

"Te estoy vigilando. Has estado intercambiando miradas con el empleado desde que entramos. Quédate quieto."

No pude hacer más que sonreír. Gonza me conocía demasiado bien. Me encogí de hombros y salí de la tienda, ya encontraría algo en el clóset.

"En serio, ¿es que no piensas en Franco? ¿Aunque sea un poco? ¿No te da al menos algo de pena?" Era hora de la charla otra vez.

"Ya lo hemos discutido muchas veces, Gonza. No voy a atarme a una sola persona. Hay que gozar, disfrutar de la vida."

"Si, pero esto es diferente. Una cosa es que tengas sexo con quien sea mientras no tienes ningún compromiso. Pero tu mismo aceptaste ponerte de novio."

"Y le aclaré que no era bueno en los noviazgos."

"Pero es evidente que el sí; ¡confía ciegamente en ti!"

"Tú no eres ningún inocente, te has acostado con más de una últimamente y también estás de novio", dije imitando su tono de reproche.

"Eso es diferente, solo una vez cada tanto, en alguna fiesta o algo así. Tú estás las 24 horas en busca de una posible presa."

"¿Qué hay de mis mamadas? Eso también tiene que contar como infidelidad; y bien que las disfrutas bastante seguido." Sonreí triunfante, había sacado mi as bajo la manga. Gonza se quedó en silencio y sus orejas se enrojecieron.

"Vamos, que no te vas a volver gay porque te la chupe de vez en cuando. Además lo gozas a lo grande. Déjame ser feliz y se feliz tú también", dije riendo.

Habíamos llegado a mi departamento. Gonza no había vuelto a decir palabra.

"Eh, ¿estás bien?", pregunté.

"Estás cometiendo un error, Alex. Y creo que lo sabes. Vas a terminar lastimando mucho a otra persona. Hacer eso no va a arreglar lo que sucedió."

Era mi turno de ponerme serio ahora.

"No voy a hablar de eso ahora. Nos vemos el lunes, Gonza."

Nos despedimos y entré al departamento. Aún tenía un par de horas antes de que Franco pasara a buscarme. Las dediqué a excavar en mi clóset, ducharme y pensar en lo que mi mejor amigo me había dicho esa tarde. Era la única persona que realmente podía obligarme a reflexionar.

Por primera vez en mucho tiempo, desempolvé los viejos recuerdos de aquella noche fatal. Aún dolían como cristales afilados. Aún sentía el dolor de lo ocurrido. Fue la noche en que encontré mi nueva forma de ser. Donde el joven despreocupado, adicto al sexo, soberbio y orgulloso había nacido. Si yo había tenido que sufrir tanto, había decidido, ¿por qué no dedicarme a gozar al máximo? Quizás hubiera una forma de equilibrar la balanza, de volver a como todo era antes.

El timbre me sacó de mi ensimismamiento. Me había vestido con una camisa azul marino y unos jeans, eso tendría que bastar. Bajé a toda prisa para encontrarme con Franco y salimos.

"Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?", dije luego de un rato en que solo se escuchaba el motor de la vieja camioneta.

"Claro, ¿qué sucede?", respondió con su tono alegre de siempre.

"¿Qué piensas de mi?"

"¿A qué te refieres?", Franco me lanzó una mirada, extrañado.

"En general, ¿qué piensas de mi?"

"Pienso que eres el chico más sexy que he conocido en la vida y yo el más suertudo que tú hayas conocido."

Sus palabras me arrancaron una sonrisa a mi pesar.

"También eres un engreído porque sabes lo bueno que estás. Pero eso solo te hace más atractivo". Tuve que reír ante eso. "Eres considerado, por eso estás aquí hoy. Eso también cuenta. Me gustas mucho."

No tuve que responder porque acabábamos de llegar, Mariana nos esperaba en la puerta. Suspiré.

"Ten paciencia, prometo recompensarte", dijo con una sonrisa cómplice.


"¡Hola Alex!" gritó Mariana apenas me vio bajar de la camioneta.

La hermana menor de Franco cumplía 18 años esa noche. Era bajita, flacucha, con una melena azabache como él y ojos saltones... y una profunda obsesión.

"Hola Mariana", dije sin mucho entusiasmo. Lancé una mirada de súplica a Franco, que sonreía como si estuviera viendo el show más entretenido del mundo. Su hermana me arrastró adentro.

"¡Mamá, papá! Alex ya está aquí", anunció para que el país al completo se enterara.

"Yo también estoy aquí", dijo Franco detrás de nosotros.

"Buenas noches Sr. Dietrich, buenas noches Sra. Dietrich", dije con toda la ironía que pude juntar. No les agradaba a los padres de mi novio y ellos no me agradaban a mí. Fingir lo contrario se había convertido en un juego.

"Buenas noches, joven", mi querido suegro jamás me había llamado por mi nombre.

Nos sentamos a la mesa, el Sr. Dietrich a la punta, la Sra. Dietrich y Mariana frente a Franco y a mí, respectivamente. La cena transcurrió sin mayores incidentes, más que alguno u otro comentario insidioso por parte de los padres y mi respectiva respuesta.


Estábamos terminando el plato principal y yo me aburría mientras la familia hablaba de sus últimas vacaciones, haciendo un trabajo fenomenal fingiendo que yo no existía (a excepción de Mariana, que no podía evitar echarme una mirada cada cinco segundos, vigilando que no desapareciera en una nube de humo de repente).

Franco debió haber sentido mi aburrimiento. En cierto momento, cuando nadie lo estaba viendo, deslizó una mano por debajo del larguísimo mantel blanco y la colocó sobre mi muslo. Mis latidos comenzaron a correr a toda velocidad pero intenté no dar ninguna señal visible de mi sobresalto.

La conversación ahora se había movido hacia el futbol, pero yo ya no intentaba prestar atención. La mano de Franco se deslizaba por el interior de mi muslo, de arriba hacia abajo, una y otra vez. Cada vez que subía se acercaba más y más a mi polla, la que respondía poniéndose cada vez más dura también. Para cuando la conversación volvió a cambiar hacia la política, yo utilizaba todo mi poder de concentración para no estallar en llamas. Franco se dedicaba ahora a acariciar mi miembro, duro como una roca. Lo recorría una y otra vez, haciendo presión de vez en cuando mientras mi frente se perlaba con sudor.

Finalmente la madre decidió que era hora de servir el maldito postre. Llamó a Mariana para que la acompañara a la cocina y le ayudara a lavar antes de servir el pastel. Mientras tanto el padre, probablemente porque ya no podría seguir ignorándome, decidió que tenía que hacer una llamada urgente de trabajo... un sábado en la noche.

Cuando nos quedamos solos, quité su mano rápidamente y lo fulminé con la mirada.

"¿Qué?" Dijo con una sonrisa de suficiencia, a la que respondí con una aún mayor.

"Hora de la venganza", dije mientras me deslizaba debajo de la mesa.

"¿Qué estás haciendo?", dijo mi novio con una mezcla de diversión y asombro.

El mantel era lo suficientemente largo como para cubrir lo que sucedía debajo de la mesa desde cualquier ángulo. Nadie me vería, perfecto.

Coloqué ambas manos en sus muslos y repetí el mismo movimiento que él había realizado minutos antes. Cuando finalmente llegué a su bulto, lo noté apretadísimo contra la tela de sus jeans. Tenía que hacer algo al respecto. Lentamente, con cuidado de no hacer ningún sonido, desabroché el botón y me dispuse a bajar la bragueta. Franco me detuvo tomando mis manos con las suyas.

"¿Qué intentas hacer? ¿Estás loco?", dijo en un susurro nervioso.

Pero no respondí, simplemente me dediqué a tomar la bragueta con mis dientes y bajarla de todos modos. En seguida pude sentir su delicioso aroma a macho, a polla ansiosa por ser devorada. Franco soltó mis manos y abrí su pantalón solo lo suficiente para poder ver sus slips negros, húmedos de precum.

Decidí hacerlo sufrir un poco más y me dediqué a lamer toda la longitud de su pollón por encima del slip. Podía sentir sus piernas temblando, iba a estallar. Casi podía ver su rostro, cerrando los ojos y haciendo una O perfecta con la boca. Recorría una y otra vez la forma de su polla, lamiéndola y haciendo presión con mis labios.

Cuando sentí que su miembro no aguantaría más aquel estímulo, comencé con la siguiente fase. Lentamente tomé el borde de sus slips y liberé el pollón que tenían aprisionado. Franco soltó un quejido que al principio interpreté como placer, pero enseguida vi que me equivocaba.

El padre había vuelto y yo había esquivado por pocos sus pies cuando se volvió a sentar a la mesa. Sonreí con malicia.

"¿Donde fue...?", dijo con su tono estirado de siempre.

"¿Alex?", dijo Franco con voz temblorosa. "Umm, tenía que usar el baño, le dije que usara el mío."

Fue inteligente al decir eso. Si hubiese dicho que había ido al baño normal de la casa, probablemente nos habrían agarrado. No podíamos saber si algún otro miembro había ido también. Decidí premiarlo por mantener la compostura. Lentamente deslicé mi lengua desde la base de su miembro hasta la punta, depositando un beso silencioso en su glande empapado en precum. Franco no emitió ningún sonido.

"Escucha, hijo", dijo su padre mientras yo me daba un festín. "Hay algo que quiero decirte desde hace un tiempo."

"S... si, papá", respondió mientras volvía a lamerle el miembro, esta vez desde los huevos.

"Quisiera pedirte que terminaras con esta... relación peligrosa. Ese chico es una muy mala influencia para ti", le dediqué un gesto invisible bajo la mesa y continué con mi juego.

Ahora me dedicaba a chupar su glande, saboreando su precum, succionando y pasándole mi lengua de mil formas distintas.

"Es evidente que ese joven solo ha entrado a tu vida para hacerte mal. Lo que pretende es destruirte hijo, a ti y a tu futuro", mi gesto no había cambiado.

Me reacomodé sobre mis rodillas y comencé un lento descenso, succionando y enredando la lengua alrededor de su mástil. Llegué hasta el fondo y me mantuve allí unos segundos antes de retirarme y hundirme esa polla hasta la garganta una vez más. Era una de las situaciones más excitantes en las que me había encontrado jamás. Mientras el padre hablaba, yo me devoraba la polla de su hijo bajo su misma mesa.

"Necesitas encontrar una bonita muchacha que te haga feliz, con la que puedas casarte y tener hijos."

"Puedo casarme y tener hijos con Alex, papá." Había tocado una fibra sensible (en materia de sentimientos). El sueño americano era algo que Franco siempre había deseado. Aunque jamás lo mencionaba adelante mío. Sabía que nunca podría convencerme de algo así. Aún así, me sorprendió que pudiera hablar con tanta claridad considerando la presión a la que lo estaba sometiendo. Debía presionar un poco más: aceleré el ritmo en que subía y bajaba por su miembro y comencé a manipular sus huevos con una mano.

"Ya, pero sabes a lo que me refiero. Lo que ese chico hace, lo que los de su clase hacen... es una abominación. Tu no eres así, hijo."

"Papá... ahora no es un buen momento."

Y realmente no lo era, sus piernas habían comenzado a temblar, estaba cerca.

"Ahora es el mejor momento. Quiero que termines con ésto, esta misma noche. Mi hijo no va a seguir un camino de perdición por una... una... abominación que solo busca corromper tu vida y tu futuro." Su tono se había vuelto más firme, mientras que las piernas de Franco se habían vuelto gelatina.

Un río de leche inundó mi boca, comencé a tragar al instante, pero no daba a vasto. No pude evitar que un poco de precioso líquido se escapara por la comisura de mi boca. La adrenalina había sido demasiado. Franco había estallado de una forma espectacular. Lamí los restos que habían quedado en su polla, volví a subir sus slips y abroché su pantalón con parsimonia.

La madre y Mariana entraban al comedor en el preciso momento en que yo salía de abajo de la mesa.

"Disculpe, Sr. Dietrich", dije inclinándome con tono burlón. "No era un buen momento para hablar porque ésta abominación se encontraba devorando el enorme pollón y dándose un festín con el exquisito semen de su hijo".

Sus rostros eran una mezcla de horror y sorpresa, un deleite para mis ojos. Sus miradas iban desde la mancha que discurría desde el borde de mi boca al rostro de Franco, que en ese momento se hundía en la silla, más rojo de lo que lo había visto jamás. Sin duda lo mejor de la noche fue la reacción de Mariana: se cubrió los ojos y subió llorando desconsolada a su habitación.

"Ahora, si nos disculpan; iremos a mi departamento para que su hijo me inserte su miembro y podamos fingir que hacemos pequeños hijos gays por nuestro futuro."

Tomé a Franco de la mano y salimos de allí con la mayor de las dignidades.


"Lo siento, ¿me excedí demasiado?" dije una vez estuvimos en su camioneta, más divertido que arrepentido.

"Bueno..." dijo él lentamente. "Creo que es seguro afirmar que tendré que pasar la noche contigo. Mis padres no olvidarán esto fácilmente. Si no hay ningún problema con eso..."

"No lo hay", dije aún con una sonrisa.

"Entonces debo admitir que has estado genial. Eso ha sido lo más caliente que hemos hecho por lejos", se inclinó y limpió el semen que se me había derramado con su lengua. Degustó su propio sabor y luego me devoró la boca. Me besó como solo lo hacía cuando estaba caliente como una pava. Bastó tocar su pantalón por encima para confirmar que estaba listo para una segunda ronda.

"Conduce, vamos a hacer hijos", dije riendo una vez que me hubo soltado.

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Espero que hayan disfrutado tanto como yo lo hice escribiendo este capítulo, saludos!

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Diario de un Embaucador: David

Hacía calor y el día pasaba demasiado lento. Era uno de esos típicos sábados de verano en los que no hay nada mejor que hacer más que tirarse en la cama y mirar el techo sin moverse, intentando pasar desapercibido ante el calor.

Había salido del entrenamiento y me había dirigido directamente a la casa. Nos encontrábamos solo mi hermano mayor y yo. Nuestros padres se habían ido a pasar el fin de semana a la playa con unos amigos. Como siempre sucedía en estas ocasiones, habíamos comido algo precocinado y cada uno se había retirado a sufrir el caluroso día a su manera y en su cuarto.

Desde donde me encontraba podía escuchar la música en el cuarto de mi hermano. Nico siempre aprovechaba éstas ocasiones para poner su lista de reproducción a todo volumen sin tener a mamá golpeándole la puerta y diciéndole que se iba a quedar sordo o alguna tontería por el estilo.

Mientras tanto yo me entretenía soñando con lo que sucedería el día siguiente. Había quedado con Alex para practicar química. Me mordí el labio. Solo de recordarlo me temblaban las piernas. Había pasado semanas intentando acercarme a él. El tipo era tan jodidamente sexy. Solo de recordar lo cerca que había estado de su polla, lo deliciosa que se veía... se me hacía agua la boca. Había tenido que utilizar toda mi fuerza de voluntad para no ponerme de rodillas allí mismo, en medio de las taquillas y frente a todo el equipo de fútbol y comenzar a chupársela.

Pero todos conocían su relación con Franco, el capitán del equipo; y todos querían a Franco, nadie se atrevería a hacer algo que pudiera ir en su contra. Era el típico chico bueno que había llegado a capitán por su carisma. El típico compañero al que todos invitaban a las barbacoas y con el que tu madre te comparaba para que seas más educado. Nadie se atrevería a meterse con su novio... aunque todos lo desearan.

Y Alex lo sabía. Siempre tardaba un buen rato en quitarse la ropa, se desnudaba antes de ir a las duchas, se dejaba la cortina entreabierta y demoraba otro rato en volver a vestirse. Era plenamente consciente de su posición. Sabía que todos lo observaban pero nadie se atrevía a ser demasiado evidente... y se deleitaba con eso.

Yo había tenido suficiente. Demasiadas veces había tenido que esconder la polla morcillona por sus exhibiciones, demasiadas pajas me había hecho pensando en él y en lo que haría. De modo que, en la mañana, cuando Franco finalmente lo dejó solo, decidí hacer mi jugada. Había ido hacia él hecho un manojo de nervios y había dicho lo primero que se me había cruzado por la cabeza. Por supuesto que no necesitaba tutorías de química, era uno de los mejores alumnos de la clase, pero fue lo primero que se me ocurrió y fue lo primero que dije. Habíamos quedado para mañana y ahora mi polla se ponía dura de tan solo pensar que íbamos a estar los dos solos en una habitación.

Acostado en mi cama cerré los ojos y me puse a fantasear con las posibilidades. Comencé a acariciarme el pecho, los pectorales, con una mano; mientras que la otra había ido hacia mi abdomen y bajaba rápidamente. Me pellizqué un pezón y solté un gemido mientras metía mi mano bajo las bermudas y me agarraba la polla dura como una roca.

Tenía el glande empapado en precum, de modo que comencé a esparcirlo por todo mi paquete. Suave, muy lentamente, apenas aplicando presión al principio mientras me imaginaba a Alex encima mío, jugando con mis pezones, acariciándome la polla, tocando mis huevos...

De repente oí cómo se abría la puerta y mi hermano se asomaba por ella. No había oído la música apagarse. Rápidamente quité la mano de mis bermudas y me senté como pude en la cama, sintiendo cómo se enrojecía mi rostro y una ola de calor me recorría el cuerpo.

"David, lo siento, debí haber golpeado". El rostro de mi hermano no denotaba ninguna emoción, ni sorpresa, ni enojo. "Quería hablar contigo."

"Pasa", dije con voz tenue. Nico entró y se sentó al pie de mi cama. Se encontraba sin camiseta igual que yo, exhibiendo su cuerpo como siempre. Llevaba unas bermudas negras que contrastaban contra las mías, amarillo brillante y el pelo castaño corto, contrastando con el mío.

"Quería hablarte sobre lo que me contaste en la mesa hace un rato". Su rostro seguía inmutable. Mientras almorzábamos le había comentado sobre mi pequeña victoria. Nico simplemente se había puesto serio y no había vuelto a decir una palabra. Su humor había cambiado por completo... y al parecer no había cambiado. "¿Hablabas en serio cuando dijiste de reunirte con Alex?"

Nico había conocido a Franco en una barbacoa que habíamos organizado en casa para el equipo. Eso había sido un par de años atrás. Se habían vuelto muy unidos desde entonces, eran mejores amigos, casi inseparables. Lo que significaba que también conocía a Alex. También sabía sobre mi fascinación hacia el novio de su mejor amigo, pero Nico nunca había hecho ningún comentario al respecto... hasta ahora.

"Si, claro", respondí. "¿Por qué no hablaría en serio? Sabes que hace mucho estoy buscando una oportunidad así".

"Una oportunidad de engancharte con el novio de otro". Lo dijo como si estuviera hablando del calor infernal que estaba haciendo. No había un atisbo de reproche en su tono.

"¿Qué quieres decir?"

"Quiero decir que deberías pensártelo dos o tres veces. Es la pareja de tu capitán, de tu amigo. ¿En serio quieres hacerle esto a Franco?"

"¿Hacerle qué? Solo vamos a estudiar química".

"Tu y yo sabemos que deseas más que ninguna otra cosa que suceda algo más. No hagas como si no te vi al entrar, David".

"¿Y eso qué? Métete en tus asuntos, Nico", dije, aunque sabía que el rostro se me había enrojecido y eso me enfurecía aún más.

"Es tu decisión", dijo luego de una larga pausa. "Pero ten cuidado con ese Alex, me da mala espina".

"Solo lo dices porque no quieres que nadie más..."

"...que nadie más te toque, por supuesto". Me interrumpió y me sonrojé aún más, si eso era posible. "Eres mío, hermanito. Creo que tendré que recordártelo".

Antes de darme tiempo a decir nada más, se abalanzó sobre la cama, me tomó de las muñecas, colocó ambos brazos detrás de mi cabeza y chocó sus labios con los míos.

No intenté resistirme, sabía que sería en vano. Mi hermano era bastante más grande que yo y estaba más trabajado. Además, siempre disfrutaba de nuestras sesiones.

Su lengua me recorrió los labios antes de introducirse en mi boca y apoderarse de ella por completo. Recorría cada centímetro y dictaba los movimientos de ambos. Mientras tanto podía sentir su enorme paquete contra el muslo, lo que automáticamente hizo que me pusiera duro una vez más.

"Eres mío, hermanito, voy a marcarte y vas a acordarte de quién es tu dueño, ¿está bien?" Dijo una vez se hubo separado de mi boca para respirar. Asentí con fuerza.

"Quiero que lo digas", dijo con su voz de macho alfa.

"Si, soy tuyo, quiero que me marques y me lo recuerdes", dije con verdadero deseo.

Hacíamos esto desde que éramos adolescentes, no era nada nuevo. Nuestro padres siempre habían sido de viajar mucho. Les gustaba disfrutar de su tiempo "a solas". De modo que Nico y yo solíamos quedar solos en casa al menos un par de veces al mes. Hacía un trabajo excelente con su papel de hermano mayor. Desde pequeño había sido muy protector conmigo y yo muy dependiente de mi hermano mayor. Y ese sentimiento había crecido exponencialmente junto a nosotros.

Un día me había encontrado besándome con un compañero del colegio en mi habitación. Se había enfurecido, nunca lo había visto así. Lo había echado sin miramientos y probablemente le diera un buen susto, porque aquel chico nunca se me volvió a acercar. Esa misma noche se coló en mi habitación, me tomó justo como me había agarrado ahora y lo hicimos por primera vez. Desde entonces, cada vez que papá y mamá se toman unos días fuera, Nico me recuerda a quién pertenezco.

Ahora me quitaba las bermudas de un tirón, sin soltarme los brazos y besando y mordiendo mi cuello, marcándome. Terminó de quitarme la prenda y llevó tres dedos a mi boca. Automáticamente me dediqué a chupar como si se tratara de su enorme miembro. Mientras tanto él bajaba con su boca por mi pecho y se disponía a besarme un pezón, lo recorría con la lengua y lo mordía, enviando olas incontrolables de placer por todo mi cuerpo.

Retiró los dedos de mi boca y gemí con anticipación cuando me abrió las piernas y comenzó a masajear mi entrada con movimientos circulares. Me mordía el labio inferior intentando no emitir ningún sonido a pesar de que moría de placer por dentro, sabía el efecto que tendría eso en él. Luego de unos segundos en que solo se oían sus juegos con mi pezón, levantó los ojos negros y me observó con una sonrisa lasciva en el rostro.

"Estás muy callado", dijo con tono irónico. "Creo que tendré que aflojarte la lengua, ¿eh, hermanito?"

Una vez más comenzó a subir por mi cuello, dejando marcas en el camino y dirigiéndose hacia mi oído. Por supuesto que conocía mi punto débil a la perfección. Me comenzó a mordisquear el lóbulo al mismo tiempo que introducía el primer dedo dentro de mí. El doble estímulo fue demasiado, no tuve opción más que empezar a gemir con locura.

"¿Te gusta cierto? ¿Te enloquece que tu hermano mayor te de placer? Abre esas piernas para mi", me susurraba al oído entre cada mordisco y la entrada y salida de su dedo.

"Si, quiero más", dije cerrando los ojos y dejándome llevar por todas las sensaciones que invadían mi cuerpo.

"¿Más? Que hermanito tan goloso", dijo riendo por lo bajo mientras introducía un segundo dedo y hacía que me arqueara de placer. Era sobrecogedor, intentaba mover los brazos, aunque fuera en vano, y eso parecía potenciar aún más a mi hermano. "Te voy a hacer mío, vas a gemir mi nombre y no vas a desear a nadie más, ¿está claro?"

No tardó en introducir el tercer dedo y decidir que ya estaba listo para recibir su enorme miembro. Buscó lubricante en el cajón de mi mesa de dormir, destapó la botella y se desparramó un poco del gel sobre el miembro, lo esparció con una mano, me abríó las piernas y se colocó contra mi entrada. Todo esto sin soltarme los brazos. El sentimiento de impotencia me volvía loco: mi hermano estaba a punto de penetrarme y yo no podía hacer nada al respecto (no que quisiera hacer algo tampoco).

"Esto es por desear a otro e intentar darte placer pensando en alguien que no sea tu hermano mayor, ¿está claro?", dijo mirándome a los ojos.

"Si", dije devolviéndole la mirada. Automáticamente recibí una fuerte nalgada.

"Si, hermano", me corrigió.

"Si, hermano", respondí. Su mano seguramente me habría dejado una marca más, pero no me importaba. Después de todo, mi cuerpo era suyo.

"Así está mejor", dijo antes de comenzar a introducirse lentamente dentro mío.

Su miembro era enorme, al menos veinte centímetros de gruesa carne. Podía sentir como me ensanchaba, cerré los ojos intentando soportar el dolor. Una vez estuvo completamente dentro, se detuvo, esperando a que me acostumbrara a su tamaño. Llevábamos años haciendo esto, mi hermano sabía perfectamente lo que hacía. Solo necesité verlo una vez a los ojos para que supiera que estaba listo. Automáticamente comenzó a retirarse, dejando solo la punta dentro mío, solo para volver hundirse una vez más.

Repitió este proceso una y otra vez, cambiando levemente el ángulo hasta encontrar el punto en que mi espalda se arqueó y los sonidos que emitía se volvieron inentendibles, Entonces comenzó a acelerar y golpear ese punto uno y otra, y otra y otra vez hasta cumplir su palabra.

"¡Nico! ¡Nico! ¡Ahí, no pares! ¡Nico!" Su nombre se escapaba de mi boca como una plegaria. Mi hermano me tenía completamente dominado y yo estaba disfrutando como loco.

No pudimos sostener ese ritmo mucho tiempo más, luego de un par de embestidas, fue él quien comenzó a gemir de placer; su actuación de tener todo bajo control volando por la ventana mientras empujaba con furia contra mí una y otra vez hasta que sentí su semen derramándose dentro mío. Ver su rostro contorsionado de placer, oír sus gemidos de alivio y sentir su semilla dentro de mí, me hizo correr automáticamente también. Mi leche salpicó su abdomen y el mío mientras nuestros labios se volvían a encontrar y mis brazos finalmente eran libres para enredarme en su cabello y presionarlo contra mí.

"¿Aún planeas verlo mañana?" Preguntó luego de un rato, después de desplomarse a mi lado, nuestros cuerpos cubiertos de sudor.

"Solo es una estúpida tutoría de química", dije intentando quitarle importancia. El sexo con mi hermano era genial, pero ya era hora de que probara algo nuevo, y ¿qué mejor que con un bombonazo como Alex? Siempre y cuando Nico no se enterara, no tendría de qué preocuparme.

Una fuerte nalgada me arrancó de mis pensamientos.

"Ve a darte una ducha", dijo mi hermano mayor, "luego ven aquí de nuevo, parece que no has entendido. Eres mío. Habrá que reforzar la lección."

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Bueno, ésta vez fue un poco diferente. Como dije, a medida que vaya avanzando, la historia se irá ensanchando y nuevos personajes se irán agregando.

La historia principal la veremos a través de los ojos de Alex, es por eso que éstos capítulos especiales de otros personajes no tendrán numeración.

Espero y lo hayan disfrutado, saludos!

martes, 15 de diciembre de 2015

Diario de un embaucador (Parte II)

"Alex, ¿nos vamos?"

"Si, vamos. Estoy listo", dije tomando el bolso que siempre tenía preparado junto a la puerta.

Nos subimos a su vieja camioneta y casi al instante sentí su mano enredándose en mi cabello y empujándome hacia él. De repente nos encontrábamos entrelazados en un caliente beso, su lengua entrando a la mía sin pedir permiso ni perdón. Sus besos siempre eran posesivos, dominantes, pero hoy parecía especialmente enérgico. Recorría el interior de mi boca, como intentando cubrir cada rincón. Sostenía mi rostro con una mano y me presionaba contra sus labios con la otra.

"¿A qué viene eso?", dije sin aliento una vez me hubo soltado.

"No lo sé", respondió Franco. "Estás... muy buenorro hoy."

Reprimí una sonrisa y le dije que conduciera. Era evidente que aún despedía hormonas después de la intensa sesión que había tenido la noche anterior. Por supuesto que Franco jamás sospecharía nada, era muy inocente, muy ingenuo. A veces me preguntaba si lo que le hacía no era alguna especie de abuso. Después de todo, me aprovechaba de nuestra relación para conseguir placer traicionándola. El hecho de que él fuera demasiado noble para siquiera sospechar debería haber despertado algún sentimiento de culpabilidad en mí... pero no lo hacía.

"¿Vendrás conmigo a la cena esta noche?" Preguntó esperanzado. Debía ser como la décima vez esa semana que lo mencionaba. Siempre recibía la misma respuesta.

"Sabes que no me gustan las cenas familiares, no es lo mío."

"Si, pero es una ocasión especial, es el cumpleaños de mi hermana. Ella apreciaría mucho que estuvieras allí."

"Claro que lo apreciaría", dije con una sonrisa irónica. "Sabes que está loca por comerme el rabo."

Franco no dijo nada, no le agradaba que hablara así de su hermana, era comprensible. Pero al mismo tiempo no podía negar que lo que había dicho era totalmente cierto. Mariana se lanzaba a mis brazos cada vez que me veía. Si los ojos hablaran, los suyos dirían "quiero abrirme para ti día y noche".

"Alex, por favor. Hazlo por mí, solo esta vez. Prometo estar en deuda contigo", su mano se deslizó por el interior de mi muslo, reforzando su punto.

"Está bien, solo esta vez. Y me debes una. Sabes que tu familia me detesta".

"Solo... les cuesta un poco aceptar lo nuestro".

"¿Quieres decir que tu madre piensa que te he echado alguna brujería para volverte gay y tu padre piensa que eres un maldito maricón con pluma porque me la metes hasta el fondo?"

Franco hizo una mueca de disgusto.

"Sabes a lo que me refiero".

Claro que lo sabía, Cualquiera lo sabría tan solo con entrar cinco minutos a la casa de esa familia de chiflados. Había cruces en todas las paredes y biblias y estatuas de santos en cada mesa. Eran un montón fanáticos religiosos que pensaban que porque dos hombres follaran, el mundo se acabaría en cualquier momento. Chiflados.

Pero una sonrisa cómplice se dibujaba en mi rostro mientras estacionaba la camioneta. Su mano en mi muslo me había dado una excelente idea que haría aquella noche mucho más llevadera.

El entrenamiento duro un par de horas. Nada fuera de lo común. El entrenador nos gritaba órdenes, nosotros las cumplíamos. Corríamos alrededor del campo, hacíamos un par de ejercicios, practicábamos penales. Los chicos me miraban el culo, yo les miraba el paquete. Lo normal.

Una vez terminada la práctica nos dirigimos a las taquillas para ducharnos. Era un deleite ver tantos cuerpos trabajados, sudados y desnudos. Disfrutaba de esos momentos más que de cualquier otro. No por ver a mis compañeros, sino porque ellos me veían a mi. Una sonrisa de soberbia se dibujaba en mi rostro cada vez que uno de ellos se apresuraba a las duchas intentando ocultar lo morcillonas que se les ponían las pollas al verme.

Pero mi relación con Franco era pública y, puesto que él era el capitán del equipo, nadie se atrevía a echar más que miradas furtivas al premio del capitán.

"Oye, debo irme temprano. Aún no he comprado el regalo de Mariana. ¿Te recojo a las siete?" Franco se había apresurado a llegar primero y ya se había duchado mientras yo apenas me estaba quitando la camiseta.

"Está bien", respondí. Depositó un casto beso en mis labios antes de desaparecer a toda velocidad.

Aproveché y tomé mi tiempo para desvestirme lentamente, sabiendo que hoy los demás tendrían más libertad para llenarse de material de pajas.

"Hey, ¿Alex?" dijo una voz detrás de mi una vez me hube desvestido por completo. Me di vuelta para encontrarme cara a cara con David. Un chico apenas más bajo y con un cuerpo tremendo. Se pasaba la mano por el cabello castaño en un gesto nervioso. Sonreí. Era gracioso ver a David tan nervioso, normalmente era muy simpático y suelto para hablar con todos. Sus ojos no paraban de bajar hacia mi paquete. "Emm, ¿podría pedirte un favor?"

Arqueé una ceja en señal de cuestionamiento, aún entretenido con la incomodidad del chico.

"Dime, lo que sea", saqué a relucir mi mejor sonrisa.

"Me dijeron que eres bueno en química. Necesito aprobar el próximo examen, ¿podrías echarme una mano con unas tutorías?"

Me tomé unos momentos para escanear al chico por completo, haciendo una pausa significativa en su paquete; como insinuando que conocía cual era el verdadero objetivo de esas "tutorías". Finalmente decidí que no podía negarme a probar aquel trago.

"Claro, por supuesto, ¿te parece mañana en la tarde en mi departamento?"

Su rostro se iluminó.

"Si, allí estaré. Te doy mi número para que me des la dirección".

Intercambiamos números de teléfono y casi en seguida una voz potente se alzó:

"¡Alex! Te necesito más tarde en mi oficina... con el uniforme". El entrenador tenía una mirada lasciva en los ojos. Había llegado la hora de pagar mi mensualidad en el equipo. Asentí levemente y me dirigí a las duchas.

Tardé un poco más de lo necesario, esperando a que el resto de los chicos terminara y se fueran. Cuando no escuché a nadie más, me envolví en una toalla y me dirigí hacia mi bolso. Volví a vestirme con el uniforme del equipo, aunque esta vez no usé ropa interior.

El entrenador me esperaba sentado detrás del escritorio en su enorme silla. No podía tener más de treinta y se mantenía en muy buen estado.

"¿Entrenador?"

"Pasa Alex", dijo poniéndose rápidamente de pie y cerrando la puerta de la oficina detrás de mí. No eran más que meras formalidades, ambos sabíamos para qué estaba ahí. Un bulto considerable se adivinaba ya en sus pantalones de gimnasia.

Unos meses atrás, cuando me había propuesto tener a Franco, había necesitado un poco de "poder de convencimiento" para que el entrenador me dejara entrar al equipo. Era una tontería, con mi estado físico podría haber entrado haciendo cualquier simple prueba de admisión. Pero, por supuesto, un tipo casado no perdería la oportunidad de probar un culo como el mío, que se le presentaba con una necesidad urgente de hacer lo que sea para entrar al equipo. Desde entonces había tenido que empezar a pagar derecho de piso para permanecer en el equipo. Una o dos veces al mes, el entrenador me pediría que me quedara luego del entrenamiento y cumpliera con el pago.

Cerró la puerta y casi al instante sentí sus manos dirigiéndose a mi bulto, se metieron por debajo del short y comenzaron a masajearme la polla, los huevos. Podía sentir su erección apretándose contra mi culo a través de las finas telas que llevábamos encima. Pasó su pulgar por mi glande y no pude evitar soltar un gemido de placer, comenzó a desparramar precum por toda mi polla, masajeando cada vez más rápido.

Pero antes de que pudiera llegar al climax, se detuvo, me empujó hacia su escritorio y barrió con un brazo carpetas, portarretratos y trofeos. Me dio la media vuelta de modo que quedara viéndolo de frente y me lanzó una mirada lasciva antes de empujarme para acostarme de espaldas en el escritorio. Arrancó mis shorts de un tirón pero dejándome el calzado y la camiseta. Era uno de sus fetiches, ya me había aprendido todas sus manías luego de unas cuantas sesiones, no era muy original. No le interesaban las felaciones ni los juegos, solo "coger un agujerito bien apretado", en sus propias palabras.

Sacó rápidamente lubricante y condones del cajón, se sacó la polla (de unos dieciocho centímetros), se volcó algo de crema en una mano y comenzó a masajear mi ano. Lo hacía apresurado, sin preocuparle demasiado si estaba preparado o no para recibir sus dedos. Casi en seguida metió dos sin miramientos. dejé escapar un quejido mientras los retiraba y volvía a empujar. Sin esperar demasiado metió un tercero y comenzó a estirarme. Agradecí haber pasado la noche anterior en compañía, ahora estaba un poco más flojo, era más fácil para mi agujero abrirse y estirarse para la polla lubricada que ya se apoyaba en mi entrada.

Siempre dolía como los mil demonios, mis gemidos solían ser en su mayoría más de dolor que de placer. El entrenador no tenía ninguna consideración con su gruesa polla. Entraba y salía a un ritmo bestial, sosteniendo mis piernas sobre sus hombros. Esta vez al menos alcancé a disfrutar un poco, ya había sido estirado, de manera que las embestidas no fueron tan brutales. El entrenador se corrió con un par de gruñidos guturales y prosiguió a la siguiente parte de la rutina.

Me pajeaba con torpeza, con su pene aún dentro mío. Mientras yo pensaba en lo que le haría al cuerpo de David al otro día y lograba correrme al cabo de unos segundos. Un par de disparos alcanzaron mi barbilla y el resto se derramó en mi abdomen. Había tomado la precaución de levantarme la camiseta, peor aún así la había salpicado también. El entrenador lamió todo rastro de semen de mi abdomen y barbilla, haciéndome cosquillas con la barba. Lo saboreó como el manjar que era; salió de dentro mío, se quitó el condón, lo anudó y lo tiró antes de decir:

"Muy bien Alex, supongo que te has ganado un par de semanas más en el equipo".

"Gracias, entrenador", dije con altanería antes de tomar mis shorts y salir a las taquillas para cambiarme y dirigirme a casa a darme otra ducha.

Pensé en todo el sexo que había tenido en tan solo unas cuantas horas... y todo lo que aún faltaba... y sonreí.

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Parte 2 lista, a medida que avance la historia, iré introduciendo nuevos personajes y la trama se irá engrosando. Saludos!

domingo, 13 de diciembre de 2015

Diario de un embaucador (Parte I)

El sudor cubría mi cuerpo mientras me dejaba caer a su lado. Mi pecho subía y bajaba con una exquisita mezcla de cansancio y éxtasis. Una sonrisa ladeada se dibujaba en mi rostro mientras lo oía, también agitado, a mi lado. "Finalmente lo logré", pensé para mis adentros.

Lo cierto es que esta vez me había costado un esfuerzo considerable llevarme a la escultura que ahora tenía al lado a la cama. Normalmente no solía tardarme más de una semana en conquistar a mi objetivo. No es que me estuviera quejando ni mucho menos, el trabajo había valido la pena. Ahora tenía un hermoso ejemplar bronceado, con un cuerpo perfectamente trabajado, pelo negro como el azabache y ojos azules que resplandecían, completamente a mi disposición.

Si bien no había sido el mejor sexo que haya tenido, no había estado para nada mal. Él era bastante inquieto, impaciente, lo cual había aportado bastante al disfrute de la experiencia. Lo habíamos hecho detrás de la puerta de entrada, en el sillón de la sala, en la alfombra, contra la pared de la habitación y finalmente en la cama. Estábamos exhaustos, satisfechos y mi reloj marcaba las 4:00 a.m.

"Ha sido genial" lo oí decir mientras se apoyaba en un codo para mirarme con una sonrisa bobalicona... típico. Sabía perfectamente lo que seguía, era como si todos siguieran el mismo libreto. "¿Te gustaría repetirlo? Podemos salir a tomar una cerveza el otro sábado, quizás pueda presentarte un par de amigos y organizar algo."

Okey, debo admitir que no me esperaba la proposición de los "amigos". Si fuera cualquier otro no le habría dado importancia, pero luego de pasar dos largas semanas de miradas furtivas, sonrisas escondidas y señales sutiles; estaba seguro de que se trataba del típico caso de timidez ocultando potencial (en lo del potencial al menos no me había equivocado).

"Lo siento, mis experiencias no se repiten". Me había sorprendido, pero solo eso. Si quisiera sexo con más de una persona, entonces habría más de una persona en mi cama. "Además, tengo novio".

"Podemos invitarlo, no hay problema alguno", dijo con tono esperanzado y no pude más que soltar una carcajada. Éste no iba a rendirse tan fácil.

"Estoy seguro que no, pero verás; el no sabe que estoy contigo... ni planeo decírselo tampoco .Como tú tampoco dirás nada si quieres alguna vez tener la más mínima oportunidad de repetir esto", dije mirándolo a los ojos con una sonrisa burlona. "Por allí está el baño si quieres ducharte antes de irte."

Me divertía ver la expresión en sus rostros cuando lo decía. Algunos se enojaban, a otros les resultaba de mal gusto, unos cuantos se ofendían como si fueran ellos mismos quienes llevaban los cuernos y algunos pensaban como yo... No existe nada más excitante que la adrenalina de saber que alguien te está poseyendo mientras le perteneces a otra persona. Es un sentimiento único, muy excitante... y buscarlo era mi deporte favorito.

Me puse de pie y tardé un par de segundos paseando mi mirada por mi último trofeo, consciente además, de que mi trofeo me la devolvía con una sed que parecía inagotable. Lo cierto es que me ejercitaba desde pequeño. Mi padre había sido siempre muy cuidadoso con su figura también y, desde que tenía edad suficiente, lo había acompañado al gimnasio. De manera que poseía un cuerpo de los que únicamente se consiguen trabajándolo desde temprano y con años de esfuerzo. No era ni demasiado fibrado ni escuálido. Estaba en el punto justo de equilibrio, cada músculo de mi torso, mis brazos, mi espalda, se marcaba notoriamente mientras me movía. Además había tenido la suerte de heredar el cabello del castaño más puro de mi madre y sus ojos verdes como esmeraldas pulidas.

La suerte me había sonreído y yo le devolvía una sonrisa soberbia. Sabía que despertaba deseo, y a lo largo de los años había aprendido a manejar ese deseo como un arma. Podía detectar hasta la mirada más furtiva que un hombre me lanzara y, si era lo suficientemente atractivo, sabía cuál era la respuesta correcta para terminar entrelazados en un baño público, el auto, un callejón o mi propio departamento. En algunos casos costaba un poco más de trabajo, algunos necesitaban un pequeño empujón para admitir lo que en realidad deseaban, unos cuantos eran tímidos y otros eran heteros. Pero hasta la fecha me enorgullecía de no llevar mancha en mi historial, cada hombre que me había propuesto tener, había acabado a mi lado... excepto uno. 

Mi novio, Franco. Hasta el día en que lo vi por primera vez, nunca se me habría ocurrido que llegaría a querer a alguien en mi cama con tanta fiereza. Había asistido a un partido de fútbol del equipo de la universidad como favor a una querida amiga. Lo cierto es que había ido de mala gana, el deporte no era realmente lo mío. Uno no necesita más que un gimnasio bien equipado para mantenerse en forma y entretener la vista con ejemplares masculinos de primera calidad... o eso era lo que pensaba.

Pelo negro y corto, ojos marrones, una barba de dos o tres días y un culo de ensueño fue lo primero que noté. Automáticamente lo marqué como posible blanco y continué mi escaneo del resto del equipo. Pero no pasó mucho tiempo antes de que Señor Culo Perfecto marcara el primer gol y, en plena euforia, se sacara la camiseta para festejar junto a sus compañeros. Al instante supe que quería ese ejemplar en mi cama, como fuera. 

A la semana ya me había inscrito en el equipo de fútbol (aunque mi opinión respecto al deporte no hubiese cambiado) y había averiguado, para gran regocijo mío, que mi objetivo se llamaba Franco y era bisexual. Automáticamente enfoqué todas mis armas de seducción en él: me paseaba desnudo o en ropa interior delante suyo en los vestidores, en las duchas; tocaba sus músculos y hacía comentarios amistosos; le lanzaba miradas significativas... Pero para sorpresa y desconcierto mío, por primera vez, nada de lo que hacía parecía funcionar. No lograba detectar ni una mínima pizca de atracción de su parte.

Pero no iba a rendirme tan fácil. Finalmente, luego de ver que las estrategias más directas no me llevarían a ningún lugar (o al menos no a una cama con él, puesto que el resto de mis compañeros de equipo estaban más que conscientes de mis flirteos), decidí tomar una ruta diferente. Comencé a conversar con él, aprender qué es lo que le gustaba, sus hábitos, lo que estudiaba, donde vivía... Al cabo de un par de semanas ya lo conocía lo suficiente como para poner en marcha la parte dos del plan: invitarlo a salir.

Accedió al instante, tomamos unas cervezas... y acabamos revolcándonos como animales hambrientos uno del otro.

"Lo cierto es que no me va mucho ese rollo de acostarme con alguien sin siquiera conocerlo, ¿Sabes?", me había dicho luego de que acabáramos de tomar una ducha juntos. Esa misma noche me pidió que fuéramos novios y, considerando que el sexo había sido alucinante y conseguirlo me había costado más trabajo que nunca antes, acepté.

Y, si bien me había conseguido un semental con cuerpo de adonis con el que pasar cuantas noches quisiera; al mismo tiempo había encontrado el enorme placer que se ocultaba en traicionar ese compromiso.

Ahora me encontraba bajo la ducha, el agua caliente me caía sobre la espalda mientras me apoyaba contra la pared con ambas manos y, con los ojos cerrados y una sonrisa, recordaba todo aquello. De repente sentí dos manos fuertes que me recorrían el pecho mientras una boca me recorría el cuello, subiendo hasta mi oído y me mordía el lóbulo, juguetona.

"Al menos déjame abrirte una vez más", sonreí, siempre querían más.

Con un gemido sentí como una polla dura como una roca se apoyaba entre mis nalgas y frotaba, poniéndome a mil. Con un gemido asentí y abrí las piernas, aún apoyado contra la pared. Luego de todo lo que habíamos hecho aquella noche su polla entro casi sin esfuerzo en mi agujero ya bien abierto. Casi no hubo dolor antes de que los gemidos de placer comenzaran.

Me bombeaba con fuerza y respiraba agitado en mi oído mientras se deleitaba masajeando mi polla y me agarraba de la barbilla para mantener mi cabeza apoyada en su hombro. Era evidente que se moría de ganas por marcarme, morderme el cuello, pero eso estaba terminantemente prohibido. Era algo que siempre dejaba bien en claro antes de comenzar cualquier cosa con cualquier persona: nada de marcas.

Rápidamente encontró ese dulce punto dentro mío que enviaba olas de placer por todo mi cuerpo. Comencé a moverme con él, buscando que golpeara ese punto más y más veces, hasta que ya no pude más. Con un último gemido de profundo placer derramé mi leche sobre su mano, satisfecho. El aún no había llegado al climax, pero se detuvo y salió de adentro mío. Lo miré interrogante aunque sabía qué es lo que seguía a continuación.

"Quiero correrme en tu boca", lo dijo como una afirmación, y sin esperar por mi aprobación, me empujó hacia abajo, poniéndome de rodillas y apoyando su duro miembro sobre mi rostro.

No me sorprendía, correrse en mi rostro o mi boca era un servicio muy solicitado y uno en el que ya había adquirido mucha experiencia. Simplemente les excitaba que los viera a los ojos con mis profundos ojos verdes mientras me devoraba su miembro hasta el fondo. Era algo que había aprendido yo también a disfrutar. De modo que sin mediar otra palabra, me aparté el cabello de los ojos y me dispuse a lamer con manía su glande, saboreando un poco de su precum mientras recorría su duro abdomen con mis manos y sentía el agua caerle encima.

En seguida comencé a introducirme el miembro entero en la boca, jugando con mi lengua, enroscándola alrededor y moviéndola inquieta. Poco a poco llegué a la base y pude sentir su miembro ocupando mi garganta. Todo esto sin apartar mi verde mirada de la suya y deleitándome en los sonidos que aquel hetero dejaba escapar. Finalmente empecé a retirarme solo para sentir su mano enredarse en mi cabello y empujarme al fondo una vez más. Mantuvimos así un ritmo creciente mientras me dedicaba a masajear sus testículos hasta llevarlo al borde. Su semen estaba caliente y era algo salado, me lo tragué sin dejar escapar una gota y limpié bien su polla antes de ponerme de pie y compartir su sabor con mi lengua.

Finalmente terminamos de ducharnos, nos vestimos y lo acompañé a la puerta para despedirlo. Hizo un último, desesperado intento de arreglar para otra ocasión, me negué una vez más y se fue. Cerré la puerta y vi la hora: 5:40 a.m. Me apresuré a ponerme algo de colonia y cambiar las sábanas de mi habitación. A las 6 en punto Franco golpeó la puerta.

"Alex, ¿nos vamos?" dijo con la misma sonrisa bobalicona que ponía siempre que pasaba a buscarme los sábados para ir a práctica de fútbol.

CONTINUARÁ...

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Bueno, es el primer relato y la primera parte de la historia. Díganme que piensan!