"¿Por qué lloras?"
"Porque me lastimaron."
"¿Y por qué lloras aquí?"
"Porque nadie puede encontrarme, es mi lugar
secreto."
"Yo te encontré."
"¿Vienes a lastimarme también?"
"No, vine porque quiero ayudarte a dejar de
llorar."
"¿Por qué tendría que hacerlo? A nadie le importa de
todos modos."
"A mí me importa. Además, estás haciendo que el cielo
llore también."
"Eso no tiene sentido."
"Quizás no lo tiene para ti porque éste árbol tan
grande te protege de las lágrimas de las nubes."
"Él me protege porque se siente solo, igual que
yo."
"Ahora eres tú el que dice cosas sin sentido."
"No, tú dijiste que el cielo estaba llorando. Pero él tiene
todas esas nubes, el sol, la luna, las estrellas. Todos lo apoyan y lo ayudan a
ser más bonito, ¿por qué lloraría?"
"Entiendo. ¿Por eso se siente solo tu árbol? ¿Porque
está solo en medio de este campo?"
"Si."
"¿Puedo acompañarlos también?"
"No si vienes a lastimarnos."
"¿Por qué querría lastimarlos?"
"No lo sé."
"Yo tampoco."
"Puedes acompañarnos. Pero no quiero saber quién eres."
"¿Por qué no?"
"Porque si te conozco, vas a lastimarme."
"¿Es así como te lastimaron?"
"Si. Cuando hablo con los que conozco, se dan cuenta de que
soy diferente y no les gusta, no les gusto."
"¿No tienes miedo de que tu árbol te conozca si lloras a su
lado?"
"Él ya me conoce. Somos amigos desde antes de que me
lastimaran por primera vez. Es el único en quien puedo confiar."
"Que árbol tan noble."
"Lo es. Siempre escucha con paciencia todo lo que le cuento
y nunca se ha reído de mí. Solo me pide que lo acompañe y escuche lo que
susurra también."
"Ambos tuvieron mucha suerte de encontrarse. Aunque son muy
diferentes, se puede ver que se llevan muy bien."
"Así debería ser siempre."
"Si, estoy de acuerdo."
"¿Vas a sentarte con nosotros?"
"Creo que debo irme. Pero me alegra que dejaras de llorar y
me siento afortunado de haberlos conocido."
"Aún no me conoces."
"¿A qué te refieres?"
"¿No es obvio? No te he dado mi nombre."
"Creí que temías que fuera a lastimarte."
"No puedes lastimarme si yo no te conozco a ti."
"Entiendo."
"Además, si te vas sin mi nombre puedes sentirte solo como yo
antes de conocer a mi árbol."
"No me gustaría eso."
"A nadie le gusta sentirse solo, por eso estaba llorando… Mi
nombre es Liam."
"Es un placer conocerte, Liam. Y a tu árbol también."
"Gracias."
"Debo irme antes de que comience a oscurecer. Pero me
gustaría volver a verlos."
"¿Cómo podemos volver a encontrarnos si yo no te conozco?"
"Puedo darte mi nombre…"
"No, si te conozco vas a lastimarme."
"En ese caso vendré todos los días a acompañar a tu árbol y
esperaremos juntos por ti."
"¿Cómo sabré que no eres otra persona?"
"Porque cuando te vea diré: ‘Liam, no llores o harás que las
nubes lloren también.’"
"Me parece bien. Pero tenemos que venir todos los días, o el
árbol se sentirá solo. Nadie merece sentirse solo."
"Es un trato."
Un interrogatorio inquietante, desgarrado, temeroso, anhelante, hermético, que querría ser revelador, pero no se atreve a la confesión. Es un interrogatorio que no es diálogo, porque falta el otro, el interlocutor, y el protagonista no se atreve a salir de su cueva. De todos modos,cautiva. Desde su hermética oscuridad (en el principio, la tiniebla) que no se atreve a alcanzar la luz. Óptima poesía, aunque no pretenda ser poética. Muy descarnada. Me recuerda aquel texto de Maeterlinck: "Si j´étais Dien, j´aurais pitié du coeur des hommes!".
ResponderBorrarMuchas gracias! En unos días retomaré la escritura! La universidad es desalmada.
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